Andar las calles sobre el lomo de la noche de un pueblo como este es entregarse a la inocencia. La oscuridad, sencillamente, parece un momento noble. A las aceras, erradicadas aquí por bordes de tierra de los que brotan árboles reiterativos y maleza en su estado más puro, les hace falta el vértigo de la ciudad y la posibilidad de la emboscada. Es inimaginable sentir terror cuando los postes de alumbrado público dan esa luz borrosa salida luego de frotarse los ojos tras algún sueño benigno. La oscuridad, sencillamente, debe atravesarse toda para llegar al hospital luego de recibir la llamada que ha avisado sobre la partida inminente de la ambulancia. Debo confesar la cuesta de largo aliento que precisamente corona el hospital: cuatro cuadras enteras de casas apagadas, unos cuatrocientos metros de pura noche ahogada en el jadeo que se aguanta hasta cruzar el umbral de Urgencias. Una vez dentro es escuchada con atención la enfermedad y los motivos del traslado en boca del médico de turno, mientras se planta uno en el costado derecho del paciente. La mayoría de las veces suele tratarse de una mujer encinta que alcanza la peligrosa categoría de Gestación de Alto Riesgo a fuerza de sumar y sumar condiciones en su estado de salud que sobrepasan los recursos de un hospital de primer nivel y la pericia de un médico rural. Me detengo en el pulso al tiempo que el monólogo se extiende. Ésta es una puesta de escena que incluye a un único espectador, yo, y cuyo éxito se verifica por lo sucinto que resulte el discurso. Puede aplaudirse hasta el hartazgo, pero nunca deja de permanecer en el interior del médico que escucha el cuestionamiento, minúsculo o no, lanzado en silencio a la conducta ejecutada por el médico que la expone. El sufrimiento del Arte es la subjetividad de todos.
Las noches de disponibilidad son una noche que contiene todo lo anterior. Estar disponible significa pactar con la falta de certezas, sometiéndose a la urgencia repentina que me empuja a salir de la casa, caminar con apuros una parte del pueblo y enrumbarme en una ambulancia que aún no enciende su sirena para horrorizarme. En una única ocasión he viajado encajonado en su atrás. Resbalándome sobre el banco de tapicería basta, le pedía a una paciente que anunciara en voz alta cada contracción. A mi lado una enfermera casi adolescente bordeaba el nerviosismo aferrándose al instrumental del parto envuelto en un fardo esterilizado, y la otra paciente, una señora risueña y tumbada en la camilla por el diagnóstico de amenaza de aborto, rezaba a Dios. La ambulancia siempre va hacia Garzón, un pueblo del sur del departamento notorio por su catolicismo impenitente. Retorcida por una serie de curvas y recodos, la carretera permite descubrir el tenue trazado del río Magdalena diluyéndose poco a poco en el horizonte y, cuando es pura oscuridad, el asombroso negro con tonos azules del campo. Todo suma unos treinta minutos. En esa única ocasión, esperamos hasta lo soportable al gineco-obstetra de turno. Abandoné la enumeración de las contracciones de la paciente y me senté sobre una silla solitaria puesta en el pasillo de la madrugada. En medio del tiempo detenido el conductor de la ambulancia intercambiaba chismorreos con la enfermera. Sumido en una plácida indiferencia, escuché cuánto deseaba golpear la cara de uno de los médicos rurales antes de contemplar la demostración que hacía con sus puños corpulentos. El choque de sus manos resonó en la nada de esa hora. Orlando, un hombre amable a pesar de su adusto semblante, pudo hablar todo lo que quiso en clave de murmullo hasta la consabida aparición del especialista. Habíamos tolerado algo más de una hora sin movernos en el vestíbulo de la sala de partos y sin oír ningún llanto que desgarrara el silencio y anunciara un nacimiento más. La paciente que trajimos con nosotros había tenido tantas contracciones como son posibles para avanzar dos centímetros de dilatación, observándome impávida y sin mostrar el menor gesto de dolor.
De regreso al pueblo varios animales cruzan la carretera a toda velocidad. Los zorros y las zarigüeyas relampaguean cuando aparecen y la luz de las farolas rebota en los ojos de las vacas para anunciar que están enfrente antes de estrellarse contra cualquiera de ellas. En esa única ocasión, mientras contaba los animales suicidas, pensaba en la ridiculez del especialista que se apoya en su teórica superioridad en el espectro de jerarquías para cometer estupideces con algún grado de impunidad. El gineco-obstetra de turno se había dedicado a emitir conceptos y frases sexistas mientras atendía a cada una de los dos pacientes. Generaba un débil desconcierto, propio del cansancio de la madrugada, verlo aparecer risueño en el consultorio de urgencias luego de visitar en la Unidad de Cuidados Intensivos a una madre cuya placenta estaba a punto de desprenderse. No tenía más opción que sonreír forzadamente para entregarle un gesto de condescendencia –o pleitesía, si se abraza la sinceridad- al tiempo que lo contemplaba como un adulto típico que hace comentarios típicos en una hora totalmente atípica. La enfermera que vino conmigo, el médico general, la paciente en posición de litotomía sobre la camilla, el gineco-obstetra sonriente y yo participábamos en un momento absurdo del cual apenas se tenía certeza y del que yo, por ejemplo, quería escapar cuanto antes.
Lo mejor de las noches de disponibilidad consiste en regresar sumido en el silencio que le pertenece a la carretera. No obstante uno perdona al conductor que violenta las cavilaciones con sus palabras o a la inexorable enfermera que hace una pregunta quebrantadora de la nada. La noche nunca sufrirá si se apagan las cosas y todo lo humano deja de ser, al menos invisiblemente.





Impresiones y/o inconveniencias