Desde la sombra del médico en flor (II)

14 abr

Andar las calles sobre el lomo de la noche de un pueblo como este es entregarse a la inocencia. La oscuridad, sencillamente, parece un momento noble. A las aceras, erradicadas aquí por bordes de tierra de los que brotan árboles reiterativos y maleza en su estado más puro, les hace falta el vértigo de la ciudad y la posibilidad de la emboscada. Es inimaginable sentir terror cuando los postes de alumbrado público dan esa luz borrosa salida luego de frotarse los ojos tras algún sueño benigno. La oscuridad, sencillamente, debe atravesarse toda para llegar al hospital luego de recibir la llamada que ha avisado sobre la partida inminente de la ambulancia. Debo confesar la cuesta de largo aliento que precisamente corona el hospital: cuatro cuadras enteras de casas apagadas, unos cuatrocientos metros de pura noche ahogada en el jadeo que se aguanta hasta cruzar el umbral de Urgencias. Una vez dentro es escuchada con atención la enfermedad y los motivos del traslado en boca del médico de turno, mientras se planta uno en el costado derecho del paciente. La mayoría de las veces suele tratarse de una mujer encinta que alcanza la peligrosa categoría de Gestación de Alto Riesgo a fuerza de sumar y sumar condiciones en su estado de salud que sobrepasan los recursos de un hospital de primer nivel y la pericia de un médico rural. Me detengo en el pulso al tiempo que el monólogo se extiende. Ésta es una puesta de escena que incluye a un único espectador, yo, y cuyo éxito se verifica por lo sucinto que resulte el discurso. Puede aplaudirse hasta el hartazgo, pero nunca deja de permanecer en el interior del médico que escucha el cuestionamiento, minúsculo o no, lanzado en silencio a la conducta ejecutada por el médico que la expone. El sufrimiento del Arte es la subjetividad de todos.

Las noches de disponibilidad son una noche que contiene todo lo anterior. Estar disponible significa pactar con la falta de certezas, sometiéndose a la urgencia repentina que me empuja a salir de la casa, caminar con apuros una parte del pueblo y enrumbarme en una ambulancia que aún no enciende su sirena para horrorizarme. En una única ocasión he viajado encajonado en su atrás. Resbalándome sobre el banco de tapicería basta, le pedía a una paciente que anunciara en voz alta cada contracción. A mi lado una enfermera casi adolescente bordeaba el nerviosismo aferrándose al instrumental del parto envuelto en un fardo esterilizado, y la otra paciente, una señora risueña y tumbada en la camilla por el diagnóstico de amenaza de aborto, rezaba a Dios. La ambulancia siempre va hacia Garzón, un pueblo del sur del departamento notorio por su catolicismo impenitente. Retorcida por una serie de curvas y recodos, la carretera permite descubrir el tenue trazado del río Magdalena diluyéndose poco a poco en el horizonte y, cuando es pura oscuridad, el asombroso negro con tonos azules del campo. Todo suma unos treinta minutos. En esa única ocasión, esperamos hasta lo soportable al gineco-obstetra de turno. Abandoné la enumeración de las contracciones de la paciente y me senté sobre una silla solitaria puesta en el pasillo de la madrugada. En medio del tiempo detenido el conductor de la ambulancia intercambiaba chismorreos  con la enfermera. Sumido en una plácida indiferencia, escuché cuánto deseaba golpear la cara de uno de los médicos rurales antes de contemplar la demostración que hacía con sus puños corpulentos. El choque de sus manos resonó en la nada de esa hora. Orlando, un hombre amable a pesar de su adusto semblante, pudo hablar todo lo que quiso en clave de murmullo hasta la consabida aparición del especialista. Habíamos tolerado algo más de una hora sin movernos en el vestíbulo de la sala de partos y sin oír ningún llanto que desgarrara el silencio y anunciara un nacimiento más. La paciente que trajimos con nosotros había tenido tantas contracciones como son posibles para avanzar dos centímetros de dilatación, observándome impávida y sin mostrar el menor gesto de dolor.

De regreso al pueblo varios animales cruzan la carretera a toda velocidad. Los zorros y las zarigüeyas relampaguean cuando aparecen y la luz de las farolas rebota en los ojos de las vacas para anunciar que están  enfrente antes de estrellarse contra cualquiera de ellas. En esa única ocasión, mientras contaba los animales suicidas, pensaba en la ridiculez del especialista que se apoya en su teórica superioridad en el espectro de jerarquías para cometer estupideces con algún grado de impunidad. El gineco-obstetra de turno se había dedicado a emitir conceptos y frases sexistas mientras atendía a cada una de los dos pacientes. Generaba un débil desconcierto, propio del cansancio de la madrugada, verlo aparecer risueño en el consultorio de urgencias luego de visitar en la Unidad de Cuidados Intensivos a una madre cuya placenta estaba a punto de desprenderse. No tenía más opción que sonreír forzadamente para entregarle un gesto de condescendencia –o pleitesía, si se abraza la sinceridad- al tiempo que lo contemplaba como un adulto típico que hace comentarios típicos en una hora totalmente atípica. La enfermera que vino conmigo, el médico general, la paciente en posición de litotomía sobre la camilla, el gineco-obstetra sonriente y yo participábamos en un momento absurdo del cual apenas se tenía certeza y del que yo,  por ejemplo, quería escapar cuanto antes.

Lo mejor de las noches de disponibilidad consiste en regresar sumido en el silencio que le pertenece a la carretera. No obstante uno perdona al conductor que violenta las cavilaciones con sus palabras o a la inexorable enfermera que hace una pregunta quebrantadora de la nada. La noche nunca sufrirá si se apagan las cosas y todo lo humano deja de ser, al menos invisiblemente.

Desde la sombra del médico en flor (I)

12 feb

Al otro lado del escritorio, separada de mí por la desarmonía de los papeles necesarios para el funcionamiento de la Consulta Externa, la señora Suárez acusa una lepra tan notable como el deficiente servicio de los médicos que me precedieron en su atención. La interminable sucesión de pacientes, ensanchada todos los días, refunde en rincones de la memoria casi irrecuperables sus nombres propios. La señora Suárez tal vez no sea Suárez, no obstante la extensa prevalencia del apellido en este pueblo me brinda un chance de no errar. Viene del campo, y debe soportar las largas dos horas de recorrido obligado desde la vereda, a través de un campero que además de los enfermos transporta hasta el pueblo mujeres embarazadas, animales cebados, frutas y vegetales relucientes, y mercaderes de ganado y tierras, sobre un camino que ha abandonado el polvo para entregarse al barro del invierno imperecedero. Mientras dejo a un lado la impresión provocada por el rostro de la enfermedad, esculco con cierto detalle en el interior de su historia clínica, deteniéndome en los diagnósticos anotados al final de cada visita. Gastritis Aguda y Dolor Abdominal se repiten invariablemente, y medicamentos tan dispares como antiparasitarios y antiácidos son ordenados a lo largo de las páginas.

- Perdone la insistencia, ¿pero cuántos años es que lleva así, con esos granos?

- Seis años

- No puedo creerlo. ¿Nunca se dieron cuenta de su rostro, de sus brazos?

- Yo venía siempre a pedir que me mandaran al ginecólogo por este dolor que tengo en la barriga y que ya le conté. Siempre me decían que no, que eso no era nada, y me daban lo mismo cada vez. Y de estos granos y esta piquiña nunca preguntaron – contesta desde un lánguido estoicismo.

Además de su piel, que enferma cada vez más y que empieza a engrosarse donde deben estar fijadas las cejas -que poco a poco están cayendo-, a la señora Suárez la frecuenta el dolor de abdomen, hecho oleadas tormentosas cuando aparece el sangrando menstrual con el que, según afirma, expulsa coágulos enteros. El dolor de siempre, el que la ha empujado a salir de la vereda muchas veces para encontrar el alivio en los doctores del pueblo, quienes han sido participantes conscientes de la circularidad de la consulta y la reconsulta al inclinarse por el tratamiento sintomático más fácil, que ni mucho menos se acerca a su queja elemental. El hijo de la señora Suárez, un niño de brazos, llora con una constancia fatigada mientras la examino en la estrecha camilla del consultorio. Es una mujer obesa, poseedora de grandes extensiones de grasa que dificultan la palpación y la percusión abdominales. Me parece encontrar una masa que no debería estar allí, por lo que en el acápite del examen físico escribo “esplenomegalia dudosa”. Impulsado por el llanto del bebé que ya alcanza el desespero, realizo lo que resta del examen rápidamente para luego caer, como abatido por las circunstancias, sobre la silla del escritorio al mismo tiempo que alimento en mi cabeza una dolorosa certidumbre: durante las visitas anteriores el abdomen de la señora Suárez jamás fue tocado por los médicos.

- La escena se compone de la siguiente manera: la paciente ingresa al consultorio cargando las expectativas convocadas por la esperanza. Sienta su humanidad sobre la silla que la sitúa enfrente del doctor, preguntándose con nerviosismo sobre las infinitas preguntas y las minuciosas maniobras físicas que le serán realizadas. Aunque no la comprende, confía en la sabiduría médica, en sus medios y su alcance, pero por sobre todo en su depositario, aquel doctor cuya labor será escrutar en su cuerpo adolorido  para conseguir la verdad revelada del diagnóstico y el tratamiento. Él, enfrente suyo, continúa inclinado sobre la carpeta abierta de su historia clínica, y ella espera que levante un poco la mirada, que deje a un lado el lapicero y transforme el rostro de desinterés severo  que lo ha caracterizado desde el inicio de la consulta, acaso observándola desde la lejanía podrá ayudar un poco para conocer su enfermedad. Ya que veinte minutos son un don que la paciente nunca estimará, la conclusión está dada por la emborronada fórmula, herencia de todas las anteriores, que en un acto de autómata eficaz le es entregada velozmente – le digo a mis adentros como para dejar constancia de la espiral de frustración y desconsuelo a la que han sometido a la señora Suárez.

La consulta ha superado con largueza la media hora. La noche del turno fue apacible, lo suficiente para dormir con unos pocos sobresaltos en la cama  del cuarto médico, un lugar al que entra furtivo el charco de agua cada vez que llueve y en el que es imposible cerrar los ojos cuando a los mecanismos del sanitario se les da por gotear con un bestial martilleo. No demuestro el desfallecimiento que en ocasiones me tumba ante la mirada tolerante del paciente durante la consulta del siguiente día. Repuesto, indemne, llevo a la señora Suárez hasta donde se encuentra la enfermera jefe que pinchará sus codos y orejas en busca de linfa, el líquido transparente que permitirá rastrear los bacilos de la lepra que hasta ahora nunca fue sospechada en ella.

La señora Suárez es la última paciente del día. El mediodía avanza calladamente. Saldré a él luego de abandonar el centro de salud y me bañará el sol castigador de esta parte del país, al tiempo que en las calles sin aceras me reconocen algunos transeúntes y me mezo en la música portátil que no puedo dejar de llevar conmigo. Estos días se han armado con rock argentino y post-rock islandés. En resumen, llegaré a casa para almorzar y dormir.

Nader y Simin, una reunión de emociones

13 ene

Regreso a la autoría de este blog luego de varios meses. Quiero hacerlo con la impresión que me ha dejado Nader y Simin, una separación, la película iraní elogiada con una sorprendente  unanimidad en los habituales formatos de la crítica cinematográfica. No me detendré en su estructura, que no rechina. No me abalanzaré en la métrica de la narración, ni en la arrasadora interpretación de la realidad que ejecutan los actores, ni en las claves sociopolíticas engarzadas en la trama, ni en los pasos agigantados de su director, ni en todo ese virtuosismo fílmico que tan necesario nos es.

Sólo una instantánea:

Escena última. Termeh, bajo la mirada expectante del juez que no vemos, debe elegir a uno de sus padres. Se irá con ella o él tras la imposición del divorcio irreversible. Las lágrimas caen de sus ojos, así como deben caer las hojas finales del árbol o el pájaro que muere de viejo en el aire. Una naturalidad de los tranquilos. Ella, mientras caen, se aferra a esa templanza que viene con la certeza de la muerte y el juez no tiene más opción que esperar inmutable la resolución de Termeh. Siento que la pantalla se posa con todo su peso sobre mi pecho, en el lugar donde se entierran el corazón y el aire más importante de los pulmones, justamente ahí, cuando la asfixia ingresa en los dominios de la devastación. Mi madre se encuentra a mi lado y no la miro. Nader y Simin están en el pasillo, afuera del juzgado. Simin madre camina unos pasos más que Nader padre hasta darle la espalda a la pared. Nader padre sienta su humanidad, sin el aparato que esperaríamos a esta altura de la película, en una silla de espera. Usando esos susurros que sólo la cámara habla el director nos pide que imaginemos a Simin madre en un rincón y a Nader padre en el rincón opuesto. Ambos con la cabeza gacha para no mirar al otro porque temen amarse – agrega él mismo. Y al final de todo, como ocurre en la vida, caen – ay, la poética del caer y su recurrencia – los créditos llevándose la elección de Termeh y la tranquilizadora tristeza de la separación de Nader y Simin legalizada y finiquitada. Concluye el piano. Me repito:  ¿a quién debemos preguntarle para encontrar estas respuestas? Sin dejar de leer los créditos escritos en el parsi que no comprendo tanteo con mis manos hasta encontrar a mi madre al lado mío. Con ese latir entrecortado que dejan las grandes obras la miro al fin, y estoy seguro que los veintiocho años que nos separan son suficientes para comprender.

Después de Nader y Simin, una separación, llevaremos con nosotros el eterno recuerdo de que Nader y Simin aún no se divorcian, y el de Termeh, quien decide con quién pasará su vida adolescente  en un juzgado de puertas cerradas, al que nunca podremos entrar.

  

Jodaeiye Nader az Simin. Irán. 2011. Dirigida por Asghar Farhadi.

Enlace para descarga de la película.

 

*

1 oct

Sindy está supurando sus pulmones y esta gran pus en forma de vesículas y picaduras de negro fijadas con la eternidad del rostro ha sido anunciada por el Sida. En una procesión debe ser transportada para que el mundo, enfermo y corto como un pasillo, aplauda la bastardía de la vida. Una mujer propiedad del delirium ofrece sus únicos dientes y su boca que tiene como prohibición el agua.  A alguien le anulan su nombre usando los marcadores azules de las enfermeras. Hay guardias de la basura custodiando hombres. He palpado pulsos malditos. El pasillo empieza en el final y toda su ignominia ve pasar a Sindy dentro del sarcófago porque ella necesita el aire.

Yo le daré el aire puesto que me han enseñado a hacerlo.

Antes de ser llevada a la sala de reanimación, réquiem disfrazado de terapéutica, conocí la muerte en la cara de Sindy y la infinita bondad de los hombres: su siega separó el tórax del abdomen, y en el vacío asfixiante sembró un corazón marchito, es necesario saber cuántas manos se perderán al intentar extirparlo. Justamente allí al lado de Sindy  una mujer defecó el ácido que apuraba su respiración. Sindy sin aire, Sindy aplastada por la tráquea, Sindy unida a la transmisión del oxígeno en clave morse. ¿Cómo confesarle a Sindy que la sabiduría ha decidido instalar varios kilómetros hasta el origen de sus entrañas? Omitiré decir que todos y cada uno aplaudió la procesión con esas manos silenciosas que no se ven. Se batieron las ramas de las palmas y las camillas abrieron el camino para no tropezar con los muertos.  Luego de Sindy arriban las fórmulas arcanas que nublarán sus ojos. Alguien oficia los rituales de las ampollas, que parecen contener cierta derrota de Dios. Entonces los circunstantes esperan el desplome de su cuello, la detención de sus músculos.

Yo le daré el aire puesto que me han enseñado a hacerlo.

Su boca tiene que ser vencida, creo que es la boca de los ahorcados, madre. Creo que un océano verde asciende por su garganta. Creo que la sangre no se deja salpicar por la luz. Creo que necesito un agujero negro que borre de la faz del mundo el vómito y la regurgitación. Creo que puedo vislumbrar las cuerdas de la voz. Creo que allí se produce el canto, madre. ¿Cómo confesarle a Sindy que la sabiduría quiere hacer pasar por alforjas colmadas sus pulmones?

Yo le daré el aire puesto que me han enseñado a hacerlo.

Debo confesarte, Sindy, la música que no escuché mientras fijaba para siempre mi mirada en tu alma. Debo revelarte, de igual manera, que mi mano fracasó, el plástico no fue firme, tu tráquea es muy anterior, todo es mimesis falsa, no puedo asir la poesía mientras alguien muere. Debo decirte que no poseo el gesto de la resurección.

Por una moral que la sabiduría comprenderá jamás, el aire fabricado que debe alimentar los pulmones de Sindy desvia su curso desde el precipicio de la garganta hacia el cerrojo en que se convertiría su estómago. Y nos hacen trampa sus células que no se estremecen del letargo, y la residente mujer volvió a fallar. El general cayó en la misma trampa. El residente número 19.000 llega a donde todos llegaron sin remedio. Y el abdomen de Sindy infla su vacío de muerte y parece que la arrastraría en una ascensión esperada al cielo, a que muera de aire. Entonces, rudimentos de la magia, el lugar que ocupaba su corazón inexistente es comprimido porque hay que hacerlo brotar de nuevo; con desespero; como si hubiere retornado a la forma de semilla y tuvieran las manos que arrebatarlo de la tierra sagrada de la irreversibilidad.

Yo veré cómo la sabiduría invoca un desespero que pretende ser rítmico; cómo llama al sulfato de magnesio y  los cables midiendo la agonía. Venido del pasillo, el internista que viste cara de perro se ubica sobre la boca desquiciada de Sindy y en un único intento logra adentrarse hasta su tráquea, un poco por encima de cuando se parte en dos. A Sindy se le devuelve el aire exprimiendo una bolsa que chasquea durante cada inspiración, como burlándose de todos, del Sida ladrón también. Sindy con aire y descorazonada. El internista que viste cara de perro quiere llegar a su corazón inmóvil; ¿cómo explicarte, Sindy, que es posible revertir la naturaleza e invadir con otro alambre blasfemo el casi centro de tu alma?

Todo adquiere el matiz insoportable de la ridiculez repentina. Veo la aguja blandida por el internista que viste cara de perro apuntando a cualquiera con una suprema inutilidad. Ha enterrado mil veces la uña de la sabiduría en las arterias, pero la sabiduría dice que es el río de las venas el que debe ser violado a contracorriente. Manan fuentes escarlatas del cuello izquierdo y del cuello derecho. Se diría que mana la vida dentro de ese vacío desconcertante en el que Sindy, Sindy asfixiada-Sindy sin corazón-Sindy obturando sus alveolos-Sindy besada por el Sida en forma de estupro, se ha convertido.

  Al final, como regla sencilla, cada hombre y cada mujer se convertirán en un pulso. Sindy seguirá viva porque su pie late sin conciencia.

Recomendaciones para vivir en Colombia

13 ago

Debe repudiarse a Colombia desde la certeza, trascendiendo el puro convencimiento apasionado y la ira automática que sigue a la condena del acto colectivo de estupidez. Debe ser asfixiada la veneración obligada a Colombia. Debe ser deslegitimada su condición de patria única, abstracción infecciosa que constriñe el alcance de las emociones,  para situarse así en el ilimitado espacio del análisis real y la indignación honrada. Debe ser abrazada la crítica consciente, libre de la misericordia sembrada por las lágrimas que enseñan los maestros  de la historia de los sentimientos y no de aquella que cuenta los horrores. Deben aniquilarse el amor y el odio circunstanciales dirigidos a Colombia cuando a su pueblo le convienen. Debe saberse que el desconcierto causado por su pasado y presente es diario e inagotable, no tanto como el patetismo que lo hará prevalecer todavía más en su futuro. Debe pregonarse que cualquier individuo sólo puede querer a su país luego de atravesar los estadios del dolor suscitado por la desgracia que lo caracteriza, y poco después de haber rondado el aborrecimiento que permite odiarlo.

Debe afirmarse que Colombia está tal y como debería estar.

11 jul

 

 

 

 

 

 

 

 

 

South Park elimina cualquier estrategia conocida para alcanzar la risotada. Pasa directamente al descrédito, sin detenerse nunca en los reparos del humor inteligente o en las reticencias propias de la elegancia burladora. Nada de ello vale aquí. Es tan efectivo aquel NO IMPORTA NADA expresado hasta la refrescante saciedad que durante cada episodio se agradece a sus creadores tanto insulto gratificante, situado uno, subrayo, en la orilla de quien no paga por presenciar la parodia, libre de cualquier propósito cultural, de una actualidad severamente afectada por los intereses dobles, la estupidez, la ruina y eso que llaman la humanidad.

Cuando uno se ríe de lo absurdo con libertad teniendo la sensación de que realmente no parece tan absurdo se ha alcanzado la plenitud. Me parece que el lenguaje de South Park es válido como cualquier análisis  de la crisis codificado en la seriedad. Y lo más sobresaliente: horizontal a éste último.

Si esto es una apología, lo será. Y vámonos al canal.

*Óleo sobre lienzo pintado por Fruksion. http://fruksion.deviantart.com/

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La retina, metros antes del cerebro

27 jun

Cada vez que ingreso a una ventana abierta y albergada por y en el Tumblr experimento el frustrante vacío de convertirme en un espectador indefenso de la hipertrofia y la hipermultiplicación de la imagen. El Tumblr magnifica la transmisión de lo visual, y lo que es peor para el entendimiento reflexivo de la realidad, a una velocidad inmedible, por lo frenética, desarmando cualquier oportunidad de observación detenida, aquella que detalla los engaños y los trucos y verifica la existencia de las certezas, todas contenidas en la imagen avistada. Las herramientas incluidas en su plataforma de funciones parecen diseñadas para facilitar el consumo de cantidades cuyas magnitudes envidiaría cualquier salvaje educado en la oferta que hace bullir la demanda. Para conseguir esta infinitud de lo visual interminable, encadena unos con otros los objetos valiéndose de  las elecciones hechas por sus usuarios, apurados ellos por las marejadas transitorias y en constante recambio, como si tan sólo un mordisco elemental bastara en la valoración de lo que se ve, un parpadeo irresponsable, y luego dar paso al siguiente objeto que posteriormente será sustituido por otro aún más atractivo, propiciando así la generación espontánea del olvido.

En la modernidad a nuestro alcance el consumo de la imagen ha derrocado al acto de ver. Más que alienados, los usuarios/consumidores tomaron el lugar del espectador, cavando un abismo entre la retina y el cerebro. En Tumblr el juego del onanismo que acaricia los ojos prevalece gratuitamente, aplaudido por quienes perpetúan la orgía de  la visión mutilada, enceguecida para las demás dimensiones sensoriales, al superponer una imagen sobre otra a la velocidad de la brutalidad.  Esperemos que el mundo se tome su tiempo, en teoría.

Hablando de fantasmas

15 jun

Mis compañeros esperaban el final de la primera manifestación de los internos. Todos estábamos de acuerdo sobre la imposibilidad de no encontrarnos de acuerdo, resumiéndonos en las sensaciones traídas por algo muy similar al derrumbamiento. “La escuela de Medicina Interna se ha reducido a un único piso de hospitalización”. No fue difícil cifrar la desolación en una línea de la carta, así como no era un desacierto adivinar lo que todos pensamos cuando subíamos, a través del pesado ascensor de siempre, hasta el séptimo piso para encontrarnos los pacientes restantes, aquellos que fueron trasladados desde todos los demás servicios al mismo tiempo que clausuraban, todavía sobreviviendo el sentido -si es legítimo hablar de lo que parece falseado – de Hospital porque esperan la remisión o el final del tratamiento antes de que la farmacia expire o un día más de antibiótico en su sangre. Recuerdo a don Elías, un hombre de setenta y cinco años cuya estancia transcurría en el ala de Geriatría, y a quien sus riñones le jugaban una mala pasada con el potasio acumulándose y creciendo progresivamente el último día que lo vi. Recuerdo a don Ignacio, hospitalizado a causa de una bacteria panresistente que se reproducía inpunemente en su talón izquierdo, dado a niveles subnormales de glucosa y a rechazar el fonendoscopio sobre su pecho presa de una comprensible irritabilidad. Las camas que alguna vez ocuparon me mostraron su obscenidad al hallarse desnudas, destendidas y doblando dramáticamente sus colchones endurecidos como pacientes al borde de un paroxismo de dolor o de convulsiones violentas el lunes, el primer día que hablé con los fantasmas.

Los residentes se fueron en todo el corazón de la semana pasada. Los profesores no saben qué palabras elegir para hablar y guardan así un silencio más representativo de la impotencia que del dolor. El sábado me topé con la nota de interconsulta sellada por uno de ellos, urólogo que evaluó la sangre que orinaba don Elías y a la que llamó “ex vacuo” y “multifactorial”. En la marca del sello podían leerse las siglas del Hospital San Juan de Dios y sobre el sello una esmerada firma que a pocos les he visto trazar. El Hospital San Juan de Dios se erosiona, se pudre, sobre el cruce de caminos de la calle primera con la carrera décima de la Capital. Cerrado hace casi una década, alberga todos los fantasmas de la Facultad de Medicina. He pasado por alguna de sus orillas y he llorado, sin lágrimas, como nos han enseñado los profesores, extendiendo mis brazos a la historia que nunca viví y que es mía. Sé que la pérdida se hereda porque he visto a mis compañeros internos fijar la mirada en el vacío más libre de todo para imaginar, reuniendo lo fabulado y lo conocido, tal vez algún pasillo del San Juan de Dios, mientras esperamos la salida del último paciente de este piso último, el séptimo de la Clínica Carlos Lleras.

Creo que mis compañeros internos, y los otros doscientos veinte desperdigados en los departamentos de todo el país, somos el principio del fin de lo que alguna vez llamaron Generación Perdida. Así, entre líneas, finalizamos la primera carta de manifestación escrita por nosotros.

 

Delicatessen

4 jun

Avistado en BibliOdyssey, "Anatomía Vegetal" del -21.

Panorámicas

25 may

Éste hombre se arma con su bastón, pone en su cabeza el sombrero, le extrae el brillo inquisidor a las gafas y sale a dar un paseo. Mientras vamos un poco más allá de la mitad de la primera línea, nuestro caminante ya ha recogido varios mundos con una rapidez tan tranquila que parece pasmada. Realiza varios giros alreded0r de lo que nos cuenta porque, estando en el lugar donde ocurre, transmite telemétricamente toda la sensación de estar por fuera de una ventana que mira a una habitación donde muere de economía la austeridad. Al final de esta inmensa novela diremos que hemos parpadeado una vez para ver la longitud de la vida.

El cadáver del sexagenario Dorlay se balanceaba en un árbol, en Arcueil, con esta pancarta: “Demasiado viejo para trabajar”.

Explosión de gas en casa del bordelés Larrieu. Él resultó herido. Los cabellos de su suegra llamearon. El techo reventó.

Juzgando a su hija (de 19 años) demasiado poco austera, el relojero estefanés Jallat la mató. Es verdad que le quedan once hijos más.

El examen médico de un muchachito encontrado en una zanja de un arrabal de Niort muestra que sólo tuvo que sufrir la muerte.

Tres años, ésa es la edad de Odette Hautoy, de Roissy. Sin embargo, a L. Marc, que tiene treinta, no le pareció que ella fuese demasiado  joven.

Una dama de Nogent-sur-Seine desapareció (1905) mientras pirineaba. Se la encuentra en un barranco, cerca de Luchon, llevando un anillo en el dedo.

A los ochenta años, la señora Saout, de Lambézellec (Finisterre), comenzaba a temer que la muerte la olvidase; cuando su hija salió, se colgó.

Después de almorzar dulce de guayaba envuelto por pan, y mientras mi cabeza caía sobre el escritorio ayudada por la plomiza digestión que se cocía en ella, encontré a Félix Fénéon. En Babelia, el muy conocido suplemento cultural que distribuye El País. Experto animador de los cenáculos literarios, contagiado por la marea de fin de siglo que desembocaría en el entusiasmo de la preguerra y la sinrazón de la posguerra, descubridor e inventor de artistas,  se entregó a la redacción de versos noticias breves y locales invocando el relámpago y una bella indolencia convertida en atónita compasión hacia el final de cada una de sus “Novelas en Tres Líneas”. Nada de contundencia. Es verdad a secas lo que Fénéon escribió para la sección con la que abría el diario Le Matin.

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