El producto de tienda (Lo mejor del 2015)

El post que llevaba por título ”El artista raro (Lo mejor del 2015)” mutó con decisión mientras comía una dona de chocolate de Ramo. Sin espectacularidad, reapareció una de las certezas que desde hace meses le da sentido a mi realidad: la dona de chocolate de Ramo fabricada en Barcelona es el nuevo tesoro de las tiendas de barrio bogotanas. Como opita centrípeto he disfrutado de los beneficios intelectuales y estéticos del centralismo reinante, entre los que se incluyen la membresía de segunda categoría de la Biblioteca Luis Ángel Arango, los conciertos de bandas de importancia (enésima forma de neocolonialismo cultural que instiga mi consciencia muy de vez en cuando), la angustia y el fervor de la única metrópoli colombiana, la Salvia divinorum, etcétera. La donadechocolatedeRamo diversifica estos privilegios y trae consigo una condición de lo concreto y lo cotidiano que poco a poco van forjando una tradición del placer. En Neiva la busqué sin éxito alguno, y en medio de la modorra opaca de la tarde, imaginé que la cubierta de chocolate de miles de ellas se derretía y formaba un poso en el que se ahogaban todos los pendejos que entraban a las tiendas preguntando por Chocoramo.   Desde Medellín, Sofía me ha escrito que  los barrios que frecuenta suplen la existencia de semejante manjar con lugares comunes dulces y muy dulces. Así como me apiado de quien no ha leído a Dostoievsky, quiero abrazar a los que no han probado nunca la donadechocolatedeRamo para susurrarles, cual secreto angustiante, que los dioses están entre nosotros y que no hay que levantar la mirada hacia el cielo impenetrable.

¿En qué se basan sus virtudes? ¿Cómo es posible que de la nada una empresa que parecía repetirse sobre la comodidad traída por el prestigio de unos cuantos productos de pastelería en serie maquinara un ardid oral tan efectivo? En esencia, la donadechocolatedeRamo siempre es mullida. Pasarán días perecederos, pero mientras el plástico de la fábrica la envuelva, al ingresar en la boca se regocijarán la lengua, las terminaciones sensitivas de la máquina deglutoria, los carrillos, la O del tiempo masticado. Un porción de mansedumbre. Un alivio. Y la cubierta de chocolate es toda una sutileza que no embota el gusto, a diferencia de las donuts de sabor dictatorial que se aferran a la exageración para invadir el cerebro. Sin saber lo más mínimo de la industria de alimentos, le endilgo innumerables preservativos y conservantes, pero en su nombre erijo un altar químico con el fin de rendirme a la toxicidad de la momificación de la delicia.

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