La experiencia mística (Lo mejor del 2015)

Hacía parte de la escena. No, era la escena, su totalidad, la calidez que exhalaban los árboles del trópico que siempre conocí, los colores repujados de la naturaleza con sus matices sorprendentes, el vuelo de la guacamaya y la torcaza, el solar abundante sobre el cual sobrevolaba y que, días después de análisis memorioso, resultó siendo el que mis abuelos maternos sembraron durante medio siglo, el azúcar en el aire, la redondez imperfecta de la guayaba, cada parcela del viento y cada partícula de todo. Este fundirme con el pedacito de universo no sufrió las imposiciones que deja la desintegración de un cuerpo definido y que pasan por el dolor de ser fragmentado y sentirse confundido ante la magnitud abrumadora de lo que conserva su Unidad. Fue un devenir en un abrir y cerrar de ojos, la Historia instantánea de las metamorfosis condensada en mí y camino a una sola transformación, armónica, bienhechora. Algunos encontrarán artificio en la descripción de la escena como una pintura puntillista, pero tuvo sentido encarnarme en esa realidad porque cada partícula de todo fue representada por un punto intenso y vibrante. Así fue, así lo viví y así puedo contarlo: fui el cuadro de un Seurat cósmico que dispuso nudos de color, unos junto a otros, con el objetivo de conformar el gran hormigueo de lo que está vivo.

Antes, atravesé el cielo de un pueblo a orillas del Magdalena, donde el mestizaje era la proclama de la unión de las entidades. El pueblo era feliz y ardía.

Y antes del pueblo, vi la espalda ceñida por el cuero de un motociclista echado boca abajo, entre la ceniza de la pipa. La espalda era un cráneo que provocaba una risa incontrolable en quien lo mirara, aunque yo fuera el único que podía hacerlo.

Y antes del motociclista, sentí cómo me escurría por la succión de la espiral, un fenómeno inesperado que significaba el atajo hacia las redefiniciones de la realidad. La piel del rostro se estiraba, y yo percibía la mueca del humano que se resiste a lo desconocido.

Y antes de la espiral, sobrevino la bocanada de calor en el centro de mi habitación. En ese entonces todo permanecía en su lugar.

Era posible el mutismo luego de ser parte del universo. Por fortuna, el descenso espiritual fue progresivo, sin la turbulencia de haber perdido todo y tener que volver a soportar un consenso de realidad. Me sentía exultante y profundamente humano. Creía que a través del abrazo podría conocer a cualquier persona. En medio de la oscuridad de la noche naciente, salí a andar por la casa llevando la certeza de que era el niño que desconocía cada objeto y que tenía la tarea de darles un nombre por primera vez. La sorpresa que da paso al nombrar es demasiado hermosa, y está por encima de los esquemas de análisis y reducción. Así descubrí las cosas que eran iluminadas por las virutas de luz procedentes de las pocas fuentes eléctricas encendidas en los tres pisos de la casa. Una máquina de coser, una pelota de plástico, un cuadro de baldosa, el borde de un escalón, la madera, lo tangible.

El brillo inaudito de un segmento de bicicleta me conmovió. Durante algunos minutos lo reconocí como un rostro más humano que la piedad. Quise llorar ¡¿Cómo era posible que las cosas vivieran y que no nos diéramos cuenta?! ¡¿Por qué había pasado desapercibida tanta pequeñez?!

Me refuté desde la sencillez del sabio.

Al final, después de varias horas mensurables, quedé plantado en la silla como una estatua de granito inservible. Soy psiquiatra en entrenamiento, y estoy seguro de que a lo largo de esa noche, lo que restaba de noche, padecí una espantosa depresión.

 

 

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