”The Rolling Stones in Bogotá”. Por un chico beatle. (PRIMERA PARTE)

”The Rolling Stones in Bogotá”. Por un chico beatle.

(PRIMERA PARTE)

 

Antes de todo sólo había un coro. Un coro divino, compuesto por personas que intentaban cantar como niños. Las voces llegaban en un idioma incomprensible en la tarde, cuando el televisor permanecía encendido y revelador y el día se volvía tan fácil que uno podía sacar conclusiones definitivas y ponerse a soñar. Imaginaba que las personas se convertían en niños mientras estaban en una iglesia dorada, casi inconmensurable porque las voces unidas tenían que chocar contra un techo muy alto para alcanzar ese poder profundo que a mí me parecía desconocido en su totalidad. Antes de desvanecerse, lo desconocido aterroriza o encanta gracias a la imaginación de quien crea para sí lo que no ha visto. Al dejar de ser desconocido, sólo la magia –esa porción aún racionalmente inexplicable– puede permitir la sorpresa y la renovación de la sorpresa hasta que algo importante en la persona deje de funcionar. Ahora puedo ver el coro divino. Su eco envolvente, que me impresionaba en mi infancia, es menos profundo ahora, tal vez porque las voces no encuentran paredes de oro macizo y una cúpula suprema para recostarse y luego rebotar hacia los oídos. No estoy en una iglesia magnífica, y los adultos convertidos en niños parecen jóvenes universitarios en las pantallas del escenario. Hay tribunas con cientos de puntos luminosos engarzados en su oscuridad; soy uno entre las cámaras activas de los celulares, expectantes y memoriosas. Urgencia de llanto. Una grieta se abre en el olvido y por allí empiezan a filtrarse las tardes de imaginación, Andrés Caicedo, los primeros descubrimientos, las divagaciones de la rubia rubísima,  la cándida ignorancia de crecer en Neiva, la grabadora ronca de cassettes, el dualismo Londres / Liverpool, algo ya desconocido llamado inocencia. Mick Jagger, blandiendo una guitarra acústica y luego de la maravillosa entrada de la trompa, recibe la canción de manos del coro y canta lo que muchos sabemos: que la vio en la boda con una copa de vino al lado de un tipo que aparentaba despreocupación. Lo hace dando saltos de palabra en palabra, no con la hermosa prosodia de la grabación original, la que parece una misa afroamericana que empieza con un coro barroco y termina con un coro góspel bailando en el altar. Está viejo e interminable. Ha cantado en más de dos mil conciertos a lo largo de medio siglo; el primero hace cincuenta y cuatro años en Londres, y el último hoy, esta noche, en el estadio El Campín de Bogotá. Pasar de un club capaz de albergar algunas  almas a decenas de estadios, y tocar una y otra vez, endurece la piel e inmortaliza el cuerpo. Pero no es una fórmula genérica, simplemente porque es extenuante y los organismos son finitos. El secreto de Mick Jagger es él mismo, el baile anárquico y lascivo que patentó a partir de los moldes de James Brown y Little Richard, y claro, su vigor inaudito. Está aquí, literal, contundente y descarado. Por ejemplo, hace unos minutos en Midnight Rambler, la cúspide de este templo, bailó como queríamos. Tiró a un lado la chaqueta de tela brillante y se puso a agitar los brazos como el bailarín de una bacanal en la que todo se ha dislocado. Luego los arqueó, trazó figuras impredecibles en el aire y apuró sus pies en una especie de swing maldito. Contorsionista de su propia cinética.

Ahora se ciñe al sosiego propio de la canción.

Aunque mis lágrimas se muestran indecisas, la emoción crece y me uno a la multitud en el ”you can’t always get what you want”. Sé que continuarán Satisfaction  y la pirotecnia, el cierre típico de todos los conciertos que han ejecutado en la gira latinoamericana, y que debo grabarla en el teléfono celular para enviársela a mi padre, quien me lo pidió luego de que le auguré que Angie no iba a ser interpretada en Bogotá. ¿Y después de todo qué? ¿Qué sigue al final de un concierto? ¿La cotidianidad aturdida? ¿Qué hay después de un concierto de los Rolling Stones? ¿Los huesos de la música?

La memoria, más bien.

Recordar que antes de la música fue la lluvia y su monótona percusión  de granizo.  Alrededor de las 4, el agua se precipitó como no ocurría desde hacía varias tardes. Las personas se resguardaron en las tiendas próximas, y los que esperábamos en las filas de ingreso, arrinconados por las vallas de la policía, no tuvimos otra opción que resignarnos en los sobretodos de plástico que vendían desde dos mil pesos en adelante,  un rango de precios inversamente proporcionales al grado de distancia física del evento. Cuanto más cerca del Campín, más pagas.Muy pronto, el plástico se mostró insuficiente. La lluvia combinaba obstinación y abundancia. Cuando fui consciente que el agua había invadido el interior de los zapatos y los jeans, y que había personas tiritando, pensé en la lluvia mortífera escrita por César Vallejo. Pero los Stones habían viajado de Lima a Bogotá. Y Bogotá, que los recibía por primera vez, se sacudió de los meses de sol fijo en el cielo y se entregó nuevamente al hielo súbito. Así llegaba el granizo. Para ese entonces, ya le dábamos la espalda a la dirección de la lluvia; era la única acción humana que podíamos llevar a cabo. Con resistencia y conversaciones intrascendentes aguantamos el tiempo necesario para que las nubes plomizas se fueran y dieran paso a una llovizna más benévola. La apertura de puertas se retrasó, y mientras de lo lejos provenía el sonido de los truenos residuales, en el piso yacían los cancioneros del concierto hechos unos mazacotes de papel periódico.

– No fue She’s a rainbow. Ganó Dead Flowers -le dije a la amiga que me acompañaba luego de comprobar los resultados de la votación del público en el teléfono celular.

-No la conozco -sentenció.

Aunque había sido sólo un rumor perezoso de redes sociales, me complacía que no fueran a tocar She’s a rainbow, una de las canciones más anti-stones de la época en la que querían sumarse al ánimo de pop barroco y psicodelia. Lo de ellos es el rythm and blues, el blues eléctrico y el rock engrasado con ritmos negros, ojalá con manchas y mirando al delta del Missisippi. Cuando estuvo en escena Diamante Eléctrico, una hora después de haber ingresado al estadio, pensé que una banda colombiana de blues, verdaderamente próxima al espíritu Stones, no habría merecido un recibimiento tan frío. Bueno, Diamante Eléctrico tampoco lo merecía. Con unas cuantas luces alumbrando sus humanidades, sin el favor de las pantallas gigantes, con un tercio del estadio vacío y en el momento en que el público quería secarse y buscar comida o calor, la presentación pasó por simple acto protocolario. Les habían encomendado la misión de tocar sus éxitos comerciales de la forma más rápida posible y salir pronto de la tarima. Los miembros se despidieron con cierta frustración y entregaron sus instrumentos para dar paso, ahí sí, a la verdadera espera. Por falta de perspicacia y cortesía de los organizadores la banda salió fusilada.

– En Los Ángeles, cuando fui a Police, me di cuenta de la importancia de los teloneros -aseguró una señora mientras esperábamos en una nueva fila, la de bebidas calientes.

Coincidimos allí luego de vagar por los puestos de comida en el interior del estadio; tras sucumbir a la demanda excesiva, varias máquinas de café y chocolate quedaron inservibles. Nos dijo que había visto a los Rolling Stones en San Francisco antes de que naciéramos. También que había visto a un muchacho en las afueras del estadio con manifestaciones de hipotermia. La lentitud del servicio (algo así como una taza cada dos minutos) permitió ahondar la conversación fugaz, entonces le enseñé mi camiseta de The Beatles. Recordó que tenía unos 6 años el día en que vio la retransmisión para Colombia del show de Ed Sullivan. La amable señora contrastó con el joven que un par de horas antes fue nuestro compañero de fila y granizo. Mientras intentaba refugiarse en su chaqueta semi-impermeable, sin sobretodo de plástico, reveló que había comprado a una amiga la boleta de oriental alta sin conocer nada más que las canciones de rigor, lo que -me dije yo- se reduce al Paint it Black, que suena en las rocolas más recónditas del país, y Angie, eterna favorita de las emisoras crossover en los domingos o a la hora del insomnio. Su carácter de espectador había sido forjado a lo largo de varios Rock Al Parque. Incluso contó que años antes padeció una lluvia más espectacular en la entrada a un concierto de Caifanes.

-Encontré una en la que se presentan como un circo. Suenan chévere -dijo mientras secaba las gotas desordenadas de sus gafas.

-Ah, sí. El Rock and Roll Circus. Ahí aparece John Lennon -acoté en ese momento.

Había pasado una semana de inmersión en la música de los Stones. Algo así como un cursillo relámpago guiado por la biblioteca de internet. Él suscitaba la pregunta natural por los orígenes de los asistentes al concierto. Creyentes u oyentes accidentales, oportunistas, fundamentalistas, artífices de la pose, filósofos de Sister morphine. El espectro de seguro era amplio, una muestra representativa de Colombia, donde descubrir la esperanza en tantas personas reunidas en un solo lugar es hallarse ante lo extraordinario que rápidamente desaparece. El Campín era una metáfora a medio camino de la comunión. La congruencia de ánimos traía la armonía y le daba a los rostros una apariencia de limpia cordialidad. ¿Qué tan lejos estaba realmente del sentido de comunión entre las personas? No lo sé, supongo que una revolución lo define. Esto sólo era flor de una noche, un alto en la vida corriente de todos. ¿Quién dijo que los sueños de muchos no son compatibles con el mercado fastuoso de la ”banda más grande del mundo”? Aceptemos la ingenuidad de nuestras ilusiones, el crecimiento sostenido de sus cuentas millonarias y juremos que tocamos el cielo.

– Send me dead flowers by the mail, send me dead flowers to my wedding and I won’t forget to put roses on your grave -cantó Keith Richards con indecisión intentando seguir la estela de la voz comando.

Fue la cuarta de la noche. Antes estuvieron  Jumpin’ Jack Flash, que descorrió el telón ayudada por la taquicardia progresiva del video introductorio , It’s Only Rock and Roll (But I Like It) y Tumbling Dice. Con algún grado de inconsistencia en los versos, por segundos poco convincentes, pero sostenidas por el poder de los coros ganadores, que parecían empujar la grandeza que aún resta en el aparato vocal de Jagger.

En la quinta, Mick Jagger dijo ”nuestro parcero” sin dejar caer las erres. Y apareció Juanes.

 

 

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