”The Rolling Stones in Bogotá”. Por un chico beatle. (SEGUNDA PARTE)

”The Rolling Stones in Bogotá”. Por un chico beatle.

(SEGUNDA PARTE)

 

El coro divino es un grupo de estudiantes de la Universidad Javeriana. Esperan a ambos lados de la tarima para reanudar su voz profusa luego de la parte media a cargo de Mick Jagger y los dos coristas de la banda. De salto en salto, él parece fragmentar la canción en pedazos de un tamaño que hacen difícil seguir su huella con nuestras bocas. Una falta que se escucha genuina, completamente jaggeriana, porque ante el montón de años que acumula sobre sí, echarle en cara lo lejos que está del apogeo vocal de los veintipico es dejar de reconocer que es inmortal. No está ”intacta”, como describirán muchos en laudatorias que tendrán más de groupie extasiado que de cauto espectador. Al fundirse en el espectáculo que el hombre es capaz de convocar, aparece la unidad con cuerpo (casi) incorruptible y nombre propio. Aparece trascendente. Mick Jagger ha inflamado a la masa una y otra vez, ha preguntado en varias oportunidades si nos sentimos bien y al responder nos hemos sentido acariciados por él, ha pedido palmas a diferentes velocidades y se las hemos dado como ofrendas en un rito. Ha jugado a hablar en español y ha ganado.

-Hola Bogotá, hola Colombia, hola rolos.

-Comimos obleas… nos bajamos un aguardiente… y nos dio guayabo. Luego nos llevó un carro de policía al hotel.

A pesar de la pronunciación magullada, infundió masivamente la dosis exacta de populismo que miles de colombianos encerrados en un estadio necesitaban. Complacer al público, Sr. Jagger, mover las emociones allí donde parece sumergirse la identidad, usted es un experto en poner en práctica el manual del show y embriagar a una masa que se rinde fácilmente ante su dominio. Así como cuando lanzó esa metonimia de la cocaína que dejó a medias (”la banda desde siempre ha contribuido a la economía colombiana”) y se decantó por el café que supuestamente bebe Ron Wood en sendas tazas diarias; todo para alivio del público, que aplaudió la ironía donde hay todavía lugar común y su decente corrección de inglés retirado de la rebeldía y en edad provecta. Sin las formas acostumbradas de la elocuencia, usted ha calcado el método de los grandes oradores. Sin púlpito, con pasarela, la que le permite caber en una tarima porque el tamaño habitual no le basta a su desenfreno, envejecido pero eficaz,  y a su puesta en escena de seducción a gran magnitud… la pasarela que se adentra en la multitud más afortunada del Campín, y que enfoco con mi agudeza visual  para no perderme los últimos movimientos de uno de los más grandes intérpretes de la escenificación en la música popular: usted, vestido con la tercera chaqueta de tela brillante en la noche al tiempo que es arropado por el coro ya-no-tan divino y luego de haber sido Lucifer minutos antes.

Cuando salió Juanes pensé en Andrea Echeverry, la más grande estrella de rock femenina que ha dado Latinoamerica.

Aturdidos algunos, otros boquiabertos y estupefactos, varios con los ojos cerrados para soñar que eso no estaba ocurriendo, muchos celebrando el cuadro folclórico que ofrecían The Rolling Stones featuring Juanes. Todo eso imaginé que sucedía a mi alrededor después de retumbar el redoble de bienvenida que Charlie Watts le dedicó al invitado.

-Hijueputa, ya se puede morir tranquilo- soltó alguien a mis espaldas luego de la segunda estrofa.

Beast of Burden, la quinta de la noche, fue una interpretación correcta. Juanes cantó con cierta afectación, esforzándose en los estribillos para prevalecer un poco, pero respondiendo de forma adecuada al dúo propuesto por Jagger. Contó con la aquiescencia de Keith Richards y Ron Wood para llevar la guitarra líder durante algunos segundos, y repitió estrofa a pedido de la voz líder. En las pantallas gigantes se transmitía para recuerdo de todo el estadio la proverbial anomalía de ser Juanes entre esos viejos, los mismos, menos Ron Wood, que casi medio siglo antes invitaron a un set de televisión erigido como circo a John Lennon, Eric Clapton y The Who. Sólo faltaron Brian Jones, el miembro perdido o ahogado en una piscina, y  Bill Wyman, quien renunció a la banda dos décadas después del circo, para despedir, entre abrazos y sonrisas generosas, al único colombiano que ha tocado con los Rolling Stones. Vinieron la oscuridad, la transición de afectos y las notas iniciales enhebradas por las guitarras eléctricas que tardé en reconocer luego de la introducción para ”románticos” anunciada por Jagger en su español lleno de socavones. Sí, no soy un luchador de la calle y no llevo el corazón de Piedra, this heart of stone oh darling; sólo soy un chico beatle colado en el concierto de los Rolling Stones por las obligaciones convicciones que deja creer en la música. En Jumpin’ Jack Flash confundí su riff aquilatado con el de Satisfaction, y transcurrió un minuto o menos antes de darle nombre en mi cabeza a lo que estaba sonando: Wild Horses. Calmosa balada urdida por la voluntad de Wood en los acordes sobresalientes y la pertinencia de Richards a la guitarra rítmica y en sus irrupciones como segunda voz, que creó una bonita desigualdad con la primera, la de Jagger, donde se abrió el contrapunto y se consolidó el sentimiento de la composición. La gente coreaba el verso principal, pero alcanzaría el clamor durante la sección última de Paint It Black, abierta por el tambor entre marcial y tribal de Charlie Watts -ese sonido inserto en el oído colectivo-  y coronada por el tarareo que al quedar detrás de los dientes se convirtió en un zumbido multitudinario. La canción fetiche sin el maravilloso sitar fue una de las primeras apoteosis del concierto.

Ahora vamos como en la sexta u octava apoteosis. El coro de la Javeriana, más terrenal, tantea lo sacro. Mick Jagger, azuleado y con una gorra plana de cuero, se detiene en la pasarela a fin de permitir que la voz profusa continúe cubriéndolo en medio del frío andino de Bogotá. Enfoco a Keith Richards. Fuera de las luminarias y la atención parece cansado. En varios momentos se ha mostrado errático, lento. Sin lugar a dudas, es la piedra más fuerte y envejecida de la banda, y La Parca, aunque no ha podido arrebatarlo de esta parte de la vida, ha rasguñado su rostro con las uñas de los excesos casi letales.  Tú, sal de la Tierra, canta, le dijeron todos cuando quedó el micrófono a su disposición.

Recuerdo que en You Got The Silver empuñó la letra como si cayeran hilillos de Jack Daniel’s y bourbon de sus labios apergaminados. Fue cuando nos trasladamos al Sur Profundo con el fin de escucharlo en una taberna polvorienta. Charlie Watts marcaba con eficacia el tempo desde su sonriente mutismo y Ron Wood deslizaba su mano izquierda sobre los trastes de la guitarra acústica mientras sostenía un cigarrillo en la boca. Sin Mick Jagger a la vista, lo íntimo se apoderó del ambiente. Si You Got The Silver fue rugosa y franca, Before They Make Me Run, la siguiente, fue una sucesión de altibajos en la voz escarpada de Richards. Desafinó (era Keef, no un crooner), entró tarde a los estribillos y le cedió los solos de guitarra a un justísimo Wood. Imperfecta, hasta a un grado tal vez más allá de lo razonable, y percudida. ¿Y Watts? En la penumbra del escenario ha ejecutado con sobriedad su oficio de impávido rítmico. Cuando Mick Jagger, fungiendo de maestro de ceremonia, lo hizo pasar al frente luego de Honky Tonk Woman, apareció desgarbado, portando una sonrisa oblicua y una timidez respetuosa que lo llevó a inclinarse ante el público. En la ronda de presentación, también fueron nombrados Darryl Jones, que confeccionó un bajo trepidante en la deconstrucción que de Miss You hizo toda la banda henchida de espíritu funk,  la misma pieza que instó a Tim Ries a lanzar un soplo de saxofón amplio y bailable; Sasha Allen, el poder negro y femenino cuyo fulgor consistió en encarar a Jagger en el duelo vocal de Gimme Shelter con sus notas altas y la fuerza del volumen, y en lucirse en la pasarela al bailar como él sobre sus largos tacones; Chuck Leavell, que alguna vez fue un Allman Brother y que eso es demasiado para que cualquiera entienda por qué es el dueño de los teclados; y finalmente Bernard Fowler, el compañero de Sasha en la tramoya de voces. Una banda de acompañamiento más grande que muchas Superbandas de estrellas principales, lo suficiente inspirada para amparar el desempeño y enmendar las omisiones de los Stones. Pero errar es humano y acertar como lo hicieron en Midnight Rambler, la once de la noche, ecuador y cumbre del concierto, les permite a los Rollling Stones seguir siendo los Rolling Stones. La intervención de Keith Richards en el micrófono fue apenas el prólogo de la avalancha de blues. Blues eléctrico verdadero, sin sucedáneos y a lo grande: en un jam.

La armónica de Mick Jagger hendió el aire y se quedó allí para flotar al lado de las primeras punzadas que asestaba Ron Wood en el cuerpo vivo de su guitarra. Unos aullidos turbios de medianoche empantanada en Chicago. Jagger, arrimado a Wood para volver un solo nudo ambos instrumentos, giró su cuerpo en dirección a la penumbra. Donde las luces no llegan, Keith Richards se amarró su Telecaster. La armónica lo llamaba. Con parsimonia caminó hacia lo visible. Tomó la púa que lo esperaba al lado de la batería, miró a Jagger, antes había doblado su cuerpo, posición anatómica de Richards, piernas arqueadas, dónde está el gatillo. ¡Kick it up! requirió Jagger.  Dos movimientos de mano derecha bastaron para romper la tensión creada por los murmuraciones del bajo y los susurros de los platillos. El riff característico de Midnight Rambler surgió sucio, Watts golpeó los tambores y la canción tomó forma. Jagger entonces pasó de la armónica a la voz para cantar los primeros versos. Qué sólidos sonaban, eran un bloque orgánico y marmóreo. Richards y Woods se miraban el uno al otro, muy cerca entre sí, como si cada uno tuviera un espejo enfrente. Los riffs hacían una trenza y luego se soltaban mientras Chuck Leavell hacía el trabajo invisible de apuntalar el sonido con su teclado. Emergía la armónica, se iba, reaparecía la voz, cedió su protagonismo a las capacidades de guitar hero encarnado por Ron Wood, la pasarela abierta, el solo medular que tonificó la potencia eléctrica de ese blues. Parsimonioso, Richards mandó acordes como corrientazos, apoyado en los hombros graves de Derryl Jones, que no lo dejaba tropezar por ahí. Charlie Watts aminoró la velocidad luego de las contorsiones de Mick Jagger, representante de Baco… guitarras gritando pasito… bajo por debajo de la tierra… teclado delgado como telaraña… invitación a corear… ooohhh yeaahh… ooouuu yeeee… mamma mamma mamma mammaaaaa… mama mama mama maaaaaa. Las onomatopeyas del arrobamiento y el gozo cundieron en el público embelesado rendido a los pies de piedra de la banda Jagger sabía que lo habían hecho entonces convidó al grito de todos puso un alarido para que fuera calcado por el estadio no importaron los 13 grados de la Bogotá lluviosa el eco se escuchó una y otra vez colombianos huid de la Colombia triste y uníos este grito no es de horror ni hay júbilo inmortal esto es un espectáculo que no reinventará nuestra moral pero vaya espectáculo al menos nos redime por una noche lo que duren la noche y sus efectos qué vamos a hacer con la ruinosa nostalgia que nos dejará este concierto nostalgia de un grito mierda Watts reapareció redoble seguro se levanta de nuevo la canción aún faltaba redondearla concluir el motivo acometieron todos sus instrumentos desde sus posiciones a la voz líder lo bendjo una matrona de Mississippi entonces cantó él el que llamaron rubber soul por copiar a los negros siendo un hijo de clase obrera inglesa aumentaba el volumen de las guitarras ya era rock para acabar hagámoslo con rock hijo ahijado y discípulo del blues Charlie prendió el fuego y lo apagó ráfaga sobre los toms y los platillos. Trueno en el bombo.

La disolución de Midnight Rambler cayó como chispas de yesca sobre la multitud.

A una canción de finalizar el concierto, se presenta imborrable la imagen de Keith Richards tomando, con sus venerables ojos cerrados, el hombro de Mick Jagger antes de aquella eclosión final. La voz coral se dilata para demostrar que You Can’t Always Get What You Want está cerca de terminar, pero si uno hace caso omiso de lo que ocurre, puede recuperar esa imagen de septuagenarios compañeros de vida a punto del abrazo y poner allí a los dos jovencitos que en el interior de un tren pactaron hacer música. Justo en la canción más blues, justo el sello de los discos que bajo el brazo llevaba Mick Jagger y que animaron a Keith Richards a saludarlo en el tren.

Lejos del blues inviolable estuvo Start Me Up, el clásico que con esta muchedumbre atravesada por las emociones demostró su calidad de puñetazo comercial incontestable. Agitó a miles a pesar de que Jagger se quedara corto cuando debía alargar la voz. Y Brown Sugar, de mejor interpretación, con solo de saxo a cargo de Karl Denson, el miembro que faltaba por aparecer. Entre esas dos se levantó Sympathy For The Devil. Más alta en lo afectivo que en lo musical, fue la puesta en escena prolija del concierto. Formas y trazos demoníacos generados por video aparecieron sobre el fondo negro de las pantallas, y arrancaron el inevitable aullido litúrgico de evocación entre el público, que inmediatamente se vistió con la imaginería Stone del bien y el mal. Jagger, enfundado en un abrigo de plumas, se presentó como Lucifer.

-Please to meet you, hope you guess myyyy naaaame.

El saludo rugió en el público hecho coro y legión. Las congas eran reemplazadas por un Charlie Watts no tan inspirado y las estocadas del teclado. Jagger hizo sus devaneos acostumbrados, y a la hora del archiconocido solo, Keith Richards tardó siglos en mi cabeza para hacer sonar la guitarra. Por cada nota extraída a un costado del escenario en los sesenta hacía cinco o más.

Qué más da. Creímos que esos señores de ahí era las Satánicas Majestades, aunque la corte de Satán sea atemporal. Creer, ése es el único razonamiento válido para el oyente apasionado en estos casos. Y para el fanático, la fantasía. Aunque ambos pueden conciliar sus puntos de vista en la metáfora del tránsito del infierno al cielo propuesta por los Rolling Stones en su concierto. Antes de los ángeles, los demonios. Primero el orgullo del poder y la omnipresencia, después la dura lección de que la voluntad no basta. You Can’t Always Get What You Want finaliza ahora, y parece que transcurrió una centuria luego de Sympathy For The Devil, que la precedió. El orden de las canciones no ha sido fortuito. Aquí debería terminar el concierto. Si todo lo vemos como un camino hacia la redención, Satisfaction, la que está por venir, sobra.

 

Breve epílogo

El coro divino siempre fue coro divino en las tardes de mi infancia. Nunca apareció la voz del cantante de rock, nunca hubo redoble de batería. La guitarra eléctrica era demasiado mundana para estar metida en esa grandioso y celestial coro divino. El fragmento que siempre escuché fue ése. Tal vez aquello sirvió como razón para recibir con tanta naturalidad –como una sucesión lógica– el piano gentil y arrepentido de Let It Be, la canción que años después ensancharía mi mundo. Si tan sólo el fragmento hubiera sido más largo y hubiera sonado la voz de Mick Jagger a mis ocho años de edad…

 

 

 

 

 

 

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