Aún no cantan los cisnes

Joseph is standing behind my baaaaack
Joseph is digging his hands in my cheeeeest
Joseph is drinking the light in my luuuuung
Joseph is moving his tongue in my neeeeeck…

Detrás de cada línea de la estrofa una reunión de voces surge entre la desesperación y la complacencia. Ingrávidas, espectrales, legítimas para expandir el sentido del gozoso miedo guardado en la letra. En este punto, el que abre la culminación musical y espiritual de The Glowing Man y, por consiguiente, de todo el álbum, Michael Gira invoca a la presencia que años atrás había mencionado en una entrevista:”Joseph”, el que acecha su cuerpo y el que desea invadir su existencia. Antes de que el período actual de Swans se hubiera consolidado, antes de que se grabasen los álbumes de la tetralogía que The Glowing Man cierra con excelencia, “Joseph” se le aparecía a Gira y lo habitaba mientras las ideas de alguna nueva canción fluían sin obstáculos. En este punto de la canción, ambos  (autor y metáfora) disputan un duelo desde la terrible ambivalencia de identificarse con el enemigo:

Joseph is me and you are a liar!

La batalla ocurre mientras los instrumentos se tensan hasta que el ambiente parece una inminencia de estallido. Es brevísima. Entonces, con la voz duplicada aparece El Hombre Brillante. El autor se ha vertido en la metáfora y la metáfora es él. Cada verso se convierte en la autoproclamación de una potencia que provino de dos fuerzas enfrentadas cuya única posibilidad de triunfo era la unión. Entre cada verso toda la instrumentación se congrega para abalanzarse de forma atronadora. Es el momento en que Swans abre todo su poderío musical y Michael Gira se realiza cosdscreador medular de una banda que se enfocó en las últimas consecuencias de ciertas formas del sonido. A una canción del final de su último álbum, Swans sintetiza todo lo que fue con la desmesura y la paciencia nerviosa que patentó en esta época de inmediatismos y vaguedades: la infinitud de la nota repetida, los antilímites de la canción, el ruido matizado, la perversión del post-rock que se anunciaba como el género redentor de la guitarra eléctrica, las letras cantadas como rezos del desasosiego, el ritual implícito, los varios crescendos, las guitarras atmosféricas y la Obra hostil. Con las debidas precauciones que un símil extremo debe guardar, pienso en este Swans y el Francis Bacon pintor  como puntos equidistantes al concepto de revelación dolorosa. El agobio que supera lo puramente catártico, una especie de búsqueda espiritual opaca cuya meta se parece a la del mártir que no tiene ninguna certeza de su salvación. En la canción final, Finally, Peace, la inquietante calma despertada por las voces tersas y el medio tempo lo llevan a uno a preguntarse si tal vez hace falta un gran signo de interrogación  ¿Es el final de Swans? Sí, es su tercer final después de que Gira abandonara el noise brutal y el rock sintético oscuro. El final del Swans más numeroso (una orquesta atormentadora requería varios componentes)  y el final del Swans más trascendental. Ninguna de las seis canciones restantes permiten suponer el sonido del Swans que se aproxima; son piezas de la unidad completa, a las que un sentido de Agresividad – Tranquilidad ordena de forma coherente a lo largo del álbum. Después de esto, Gira no será más el rockstar salvaje que devino en chamán. Es la noche, y en algún lugar de ella o después de ella tendrá lugar la tercera resurrección de Swans.

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