Adiós a los cisnes

… y ella, tras cantar como un cisne el lamento postrero de muerte, 

yace a su lado como su amante…

Clitemestra en el “Agamenón” de Esquilo.

– How many months?

La mujer embarazada lanzó una mirada nerviosa a su compañero. Tal vez necesitaba una afirmación de sus ojos para dar como respuesta a la inesperada pregunta la edad gestacional exacta.

-Eeehh… eight -dijo.

El hombre que formuló la pregunta es un gringo alto con sombrero vaquero. Su nombre es Michael Gira. Él y su banda de rock inclasificable acaban de dar un concierto estremecedor. Ha salido al vestíbulo del auditorio para firmar acetatos, boletas, papelitos de cuaderno, imágenes de su rostro impresas en papel fotográfico y cualquier objeto sobre el cual pudo escribir. Ahora se toma fotos con algunas personas mostrando una amabilidad notoria, como la expresada con la mujer embarazada, quien decididamente se acercó hasta él mientras señalaba su vientre y le tendió su brazo derecho cubierto de tatuajes por detrás de la espalda.

Hace unas dos horas este hombre risueño aullaba como un sacerdote oscuro frente al micrófono. Era el momento de Screenshot, una canción de palabras perentorias que parecieron exigencias de vida o muerte. Sin el sombrero, con el pelo libre, humedecido, y los ademanes del que está en trance, se balanceaba en el escenario mientras arañaba su guitarra negra. Una variante de la actitud de invocación que mantuvo durante el concierto, así como las vociferaciones sostenidas que luchaban por sobreponerse al inaudito volumen de la banda completa y terminaban desgarrándose en gritos, las oscilaciones de sus pasos sobre un punto fijo mientras repetía el patrón adelante-atrás y, muy especialmente, los movimientos serpenteantes de sus brazos en alto, imitados por varios asistentes porque se sabían en un ritual. Sacerdote o chamán, Michael Gira pronunciaba las exiguas palabras de las canciones como rezando, acción que está entre el canto y la recitación, pero con la particularidad del desespero guardado en cualquier plegaria.

Parece que hubiera cambiado la camisa empapada de sudor y rabia por otra camisa negra. Se ve pulcro e indemne, como si no hubiera dirigido un concierto que durante sus dos horas y media de duración nunca estuvo por debajo del número de decibeles que provocan dolor en los oídos. Quienes se aproximan hasta él para que algún teléfono celular o una incierta cámara los retrate son pocos. El creador de Swans, una de las bandas centrales del underground neoyorquino original y poseedora de uno de los proyectos musicales más extremos y exitosos de la última década, en las instalaciones de una universidad privada de Medellín, Colombia, antes de la medianoche. ¿Es probable una audiencia para Swans en la plenitud de la Feria de las Flores, en cuyo ambiente festivo popular la ciudad se vuelca y la mezcla de post-rock, drone psicodélico, abstracción sombría y demás detalles indescifrables parece el delirio de un ferviente marginal? La fila de espera fue una multitud bien ordenada. La multitud en el auditorio significó lleno total, aunque algunos ingenuos abandonaran el lugar después de las primeras notas opresivas de The KnotLa totalidad restante se dividió cuando Michael Gira pidió que abandonara las sillas y se agolpara cerca de la tarima. El bando de la tarima seguramente representó la población más fiel a Swans, y los que se despojaron de los tapones de oídos para recibir todo el sonido del altar de amplificadores, la minoría auténtica que llevó a cabo un acto de amor por la banda. Su audición como ofrenda. Esto, el agotamiento del cuerpo y la tensión mental fueron las exigencias del concierto, una edificación levantada por los cuatro miembros restantes que rodearon (e intentaron aniquilar) la voz y la presencia totémica de Gira.

Ninguno de ellos ha aparecido en el vestíbulo. Antes de empezar la presentación, el dueño de ese hermoso instrumento que parece una guitarra transformada en teclado (Kristof Hahn) visitó un tramo de la fila de espera, aceptó posar en unas cuantas fotos y levantó algunos ánimos.Durante el concierto se dedicó a deslizar sus manos sobre las cuerdas y empujar con sus pies los pedales en procura de ese característico sonido que parecía despliegue de latigazos. Es tentador pero poco ilustrativo describirlo como un apóstol; lo mismo ocurre con los miembros restantes. Enfocar sus personalidades sobre tarima es un ejercicio de psicología exhaustiva o invención. Los cinco fueron absorbidos por el sonido totalitario de Swans, al que cada uno le creó un vértice: Phil Puleo con su ritmo de salmodia feroz e hipnotizante, Christopher Pravdica sosteniendo las caídas violentas mediante un bajo siempre tenso, el hombre que reemplazó a Thor Harris en los teclados abriendo los espacios y dando puntazos de suavidad en medio del ruido, Kristof Hahn en la inefable lap steel guitar y Norman Westberg, el cisne más antiguo después de Gira, el hombre casi inmutable que mientras se mantenía en las sombras del escenario creaba las atmósferas con los efectos de la guitarra y masticaba chicle. Orquesta wagneriana de bares pervertidos. Que Hahn tuviera que pedir un nuevo cable y la ayuda de Gira armado con sus gafas de miope para solucionar un problema técnico antes de The Cloud of Uknowing, y que éste, muy respetuoso, le pidiera al público un permiso para ir al baño, fueron las anomalías que dotaron de mortalidad a una banda capaz de crear lo trascendente.

Lo último que tocaron fue The Glowing Man.  Michael Gira se despide de los últimos seguidores sin ninguna expresión de cansancio. ¿Realmente acaba de interpretar esa canción monstruosa en que toda la banda se juntó para destruirse y finalmente ascender? ¿Sobrevivió como si nada a esa culminación musical de casi media hora que borró cualquier límite del volumen y la fuerza? Sí. Es que en este concierto Michael Gira, luego de 34 años de búsqueda y ayudado por esos cinco hombres, demostró que ha domado el ruido. Verlo dirigirse a la tras escena en donde se reunirá con los suyos e imaginarlos a todos, los seis cisnes de la noche, metidos en una van escolar que los llevará al hotel mientras atraviesa varias calles de Medellín, es un delirio hecho realidad.

 

 

Michael
Michael Gira en el auditorio de la EAFIT. Medellín, 2016. Foto: Yo.

 

 

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