Adiós a los cisnes

… y ella, tras cantar como un cisne el lamento postrero de muerte, 

yace a su lado como su amante…

Clitemestra en el “Agamenón” de Esquilo.

– How many months?

La mujer embarazada lanzó una mirada nerviosa a su compañero. Tal vez necesitaba una afirmación de sus ojos para dar como respuesta a la inesperada pregunta la edad gestacional exacta.

-Eeehh… eight -dijo.

El hombre que formuló la pregunta es un gringo alto con sombrero vaquero. Su nombre es Michael Gira. Él y su banda de rock inclasificable acaban de dar un concierto estremecedor. Ha salido al vestíbulo del auditorio para firmar acetatos, boletas, papelitos de cuaderno, imágenes de su rostro impresas en papel fotográfico y cualquier objeto sobre el cual pudo escribir. Ahora se toma fotos con algunas personas mostrando una amabilidad notoria, como la expresada con la mujer embarazada, quien decididamente se acercó hasta él mientras señalaba su vientre y le tendió su brazo derecho cubierto de tatuajes por detrás de la espalda.

Hace unas dos horas este hombre risueño aullaba como un sacerdote oscuro frente al micrófono. Era el momento de Screenshot, una canción de palabras perentorias que parecieron exigencias de vida o muerte. Sin el sombrero, con el pelo libre, humedecido, y los ademanes del que está en trance, se balanceaba en el escenario mientras arañaba su guitarra negra. Una variante de la actitud de invocación que mantuvo durante el concierto, así como las vociferaciones sostenidas que luchaban por sobreponerse al inaudito volumen de la banda completa y terminaban desgarrándose en gritos, las oscilaciones de sus pasos sobre un punto fijo mientras repetía el patrón adelante-atrás y, muy especialmente, los movimientos serpenteantes de sus brazos en alto, imitados por varios asistentes porque se sabían en un ritual. Sacerdote o chamán, Michael Gira pronunciaba las exiguas palabras de las canciones como rezando, acción que está entre el canto y la recitación, pero con la particularidad del desespero guardado en cualquier plegaria.

Parece que hubiera cambiado la camisa empapada de sudor y rabia por otra camisa negra. Se ve pulcro e indemne, como si no hubiera dirigido un concierto que durante sus dos horas y media de duración nunca estuvo por debajo del número de decibeles que provocan dolor en los oídos. Quienes se aproximan hasta él para que algún teléfono celular o una incierta cámara los retrate son pocos. El creador de Swans, una de las bandas centrales del underground neoyorquino original y poseedora de uno de los proyectos musicales más extremos y exitosos de la última década, en las instalaciones de una universidad privada de Medellín, Colombia, antes de la medianoche. ¿Es probable una audiencia para Swans en la plenitud de la Feria de las Flores, en cuyo ambiente festivo popular la ciudad se vuelca y la mezcla de post-rock, drone psicodélico, abstracción sombría y demás detalles indescifrables parece el delirio de un ferviente marginal? La fila de espera fue una multitud bien ordenada. La multitud en el auditorio significó lleno total, aunque algunos ingenuos abandonaran el lugar después de las primeras notas opresivas de The KnotLa totalidad restante se dividió cuando Michael Gira pidió que abandonara las sillas y se agolpara cerca de la tarima. El bando de la tarima seguramente representó la población más fiel a Swans, y los que se despojaron de los tapones de oídos para recibir todo el sonido del altar de amplificadores, la minoría auténtica que llevó a cabo un acto de amor por la banda. Su audición como ofrenda. Esto, el agotamiento del cuerpo y la tensión mental fueron las exigencias del concierto, una edificación levantada por los cuatro miembros restantes que rodearon (e intentaron aniquilar) la voz y la presencia totémica de Gira.

Ninguno de ellos ha aparecido en el vestíbulo. Antes de empezar la presentación, el dueño de ese hermoso instrumento que parece una guitarra transformada en teclado (Kristof Hahn) visitó un tramo de la fila de espera, aceptó posar en unas cuantas fotos y levantó algunos ánimos.Durante el concierto se dedicó a deslizar sus manos sobre las cuerdas y empujar con sus pies los pedales en procura de ese característico sonido que parecía despliegue de latigazos. Es tentador pero poco ilustrativo describirlo como un apóstol; lo mismo ocurre con los miembros restantes. Enfocar sus personalidades sobre tarima es un ejercicio de psicología exhaustiva o invención. Los cinco fueron absorbidos por el sonido totalitario de Swans, al que cada uno le creó un vértice: Phil Puleo con su ritmo de salmodia feroz e hipnotizante, Christopher Pravdica sosteniendo las caídas violentas mediante un bajo siempre tenso, el hombre que reemplazó a Thor Harris en los teclados abriendo los espacios y dando puntazos de suavidad en medio del ruido, Kristof Hahn en la inefable lap steel guitar y Norman Westberg, el cisne más antiguo después de Gira, el hombre casi inmutable que mientras se mantenía en las sombras del escenario creaba las atmósferas con los efectos de la guitarra y masticaba chicle. Orquesta wagneriana de bares pervertidos. Que Hahn tuviera que pedir un nuevo cable y la ayuda de Gira armado con sus gafas de miope para solucionar un problema técnico antes de The Cloud of Uknowing, y que éste, muy respetuoso, le pidiera al público un permiso para ir al baño, fueron las anomalías que dotaron de mortalidad a una banda capaz de crear lo trascendente.

Lo último que tocaron fue The Glowing Man.  Michael Gira se despide de los últimos seguidores sin ninguna expresión de cansancio. ¿Realmente acaba de interpretar esa canción monstruosa en que toda la banda se juntó para destruirse y finalmente ascender? ¿Sobrevivió como si nada a esa culminación musical de casi media hora que borró cualquier límite del volumen y la fuerza? Sí. Es que en este concierto Michael Gira, luego de 34 años de búsqueda y ayudado por esos cinco hombres, demostró que ha domado el ruido. Verlo dirigirse a la tras escena en donde se reunirá con los suyos e imaginarlos a todos, los seis cisnes de la noche, metidos en una van escolar que los llevará al hotel mientras atraviesa varias calles de Medellín, es un delirio hecho realidad.

 

 

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Michael Gira en el auditorio de la EAFIT. Medellín, 2016. Foto: Yo.

 

 

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Aún no cantan los cisnes

Joseph is standing behind my baaaaack
Joseph is digging his hands in my cheeeeest
Joseph is drinking the light in my luuuuung
Joseph is moving his tongue in my neeeeeck…

Detrás de cada línea de la estrofa una reunión de voces surge entre la desesperación y la complacencia. Ingrávidas, espectrales, legítimas para expandir el sentido del gozoso miedo guardado en la letra. En este punto, el que abre la culminación musical y espiritual de The Glowing Man y, por consiguiente, de todo el álbum, Michael Gira invoca a la presencia que años atrás había mencionado en una entrevista:”Joseph”, el que acecha su cuerpo y el que desea invadir su existencia. Antes de que el período actual de Swans se hubiera consolidado, antes de que se grabasen los álbumes de la tetralogía que The Glowing Man cierra con excelencia, “Joseph” se le aparecía a Gira y lo habitaba mientras las ideas de alguna nueva canción fluían sin obstáculos. En este punto de la canción, ambos  (autor y metáfora) disputan un duelo desde la terrible ambivalencia de identificarse con el enemigo:

Joseph is me and you are a liar!

La batalla ocurre mientras los instrumentos se tensan hasta que el ambiente parece una inminencia de estallido. Es brevísima. Entonces, con la voz duplicada aparece El Hombre Brillante. El autor se ha vertido en la metáfora y la metáfora es él. Cada verso se convierte en la autoproclamación de una potencia que provino de dos fuerzas enfrentadas cuya única posibilidad de triunfo era la unión. Entre cada verso toda la instrumentación se congrega para abalanzarse de forma atronadora. Es el momento en que Swans abre todo su poderío musical y Michael Gira se realiza cosdscreador medular de una banda que se enfocó en las últimas consecuencias de ciertas formas del sonido. A una canción del final de su último álbum, Swans sintetiza todo lo que fue con la desmesura y la paciencia nerviosa que patentó en esta época de inmediatismos y vaguedades: la infinitud de la nota repetida, los antilímites de la canción, el ruido matizado, la perversión del post-rock que se anunciaba como el género redentor de la guitarra eléctrica, las letras cantadas como rezos del desasosiego, el ritual implícito, los varios crescendos, las guitarras atmosféricas y la Obra hostil. Con las debidas precauciones que un símil extremo debe guardar, pienso en este Swans y el Francis Bacon pintor  como puntos equidistantes al concepto de revelación dolorosa. El agobio que supera lo puramente catártico, una especie de búsqueda espiritual opaca cuya meta se parece a la del mártir que no tiene ninguna certeza de su salvación. En la canción final, Finally, Peace, la inquietante calma despertada por las voces tersas y el medio tempo lo llevan a uno a preguntarse si tal vez hace falta un gran signo de interrogación  ¿Es el final de Swans? Sí, es su tercer final después de que Gira abandonara el noise brutal y el rock sintético oscuro. El final del Swans más numeroso (una orquesta atormentadora requería varios componentes)  y el final del Swans más trascendental. Ninguna de las seis canciones restantes permiten suponer el sonido del Swans que se aproxima; son piezas de la unidad completa, a las que un sentido de Agresividad – Tranquilidad ordena de forma coherente a lo largo del álbum. Después de esto, Gira no será más el rockstar salvaje que devino en chamán. Es la noche, y en algún lugar de ella o después de ella tendrá lugar la tercera resurrección de Swans.

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”The Rolling Stones in Bogotá”. Por un chico beatle. (SEGUNDA PARTE)

”The Rolling Stones in Bogotá”. Por un chico beatle.

(SEGUNDA PARTE)

 

El coro divino es un grupo de estudiantes de la Universidad Javeriana. Esperan a ambos lados de la tarima para reanudar su voz profusa luego de la parte media a cargo de Mick Jagger y los dos coristas de la banda. De salto en salto, él parece fragmentar la canción en pedazos de un tamaño que hacen difícil seguir su huella con nuestras bocas. Una falta que se escucha genuina, completamente jaggeriana, porque ante el montón de años que acumula sobre sí, echarle en cara lo lejos que está del apogeo vocal de los veintipico es dejar de reconocer que es inmortal. No está ”intacta”, como describirán muchos en laudatorias que tendrán más de groupie extasiado que de cauto espectador. Al fundirse en el espectáculo que el hombre es capaz de convocar, aparece la unidad con cuerpo (casi) incorruptible y nombre propio. Aparece trascendente. Mick Jagger ha inflamado a la masa una y otra vez, ha preguntado en varias oportunidades si nos sentimos bien y al responder nos hemos sentido acariciados por él, ha pedido palmas a diferentes velocidades y se las hemos dado como ofrendas en un rito. Ha jugado a hablar en español y ha ganado.

-Hola Bogotá, hola Colombia, hola rolos.

-Comimos obleas… nos bajamos un aguardiente… y nos dio guayabo. Luego nos llevó un carro de policía al hotel.

A pesar de la pronunciación magullada, infundió masivamente la dosis exacta de populismo que miles de colombianos encerrados en un estadio necesitaban. Complacer al público, Sr. Jagger, mover las emociones allí donde parece sumergirse la identidad, usted es un experto en poner en práctica el manual del show y embriagar a una masa que se rinde fácilmente ante su dominio. Así como cuando lanzó esa metonimia de la cocaína que dejó a medias (”la banda desde siempre ha contribuido a la economía colombiana”) y se decantó por el café que supuestamente bebe Ron Wood en sendas tazas diarias; todo para alivio del público, que aplaudió la ironía donde hay todavía lugar común y su decente corrección de inglés retirado de la rebeldía y en edad provecta. Sin las formas acostumbradas de la elocuencia, usted ha calcado el método de los grandes oradores. Sin púlpito, con pasarela, la que le permite caber en una tarima porque el tamaño habitual no le basta a su desenfreno, envejecido pero eficaz,  y a su puesta en escena de seducción a gran magnitud… la pasarela que se adentra en la multitud más afortunada del Campín, y que enfoco con mi agudeza visual  para no perderme los últimos movimientos de uno de los más grandes intérpretes de la escenificación en la música popular: usted, vestido con la tercera chaqueta de tela brillante en la noche al tiempo que es arropado por el coro ya-no-tan divino y luego de haber sido Lucifer minutos antes.

Cuando salió Juanes pensé en Andrea Echeverry, la más grande estrella de rock femenina que ha dado Latinoamerica.

Aturdidos algunos, otros boquiabertos y estupefactos, varios con los ojos cerrados para soñar que eso no estaba ocurriendo, muchos celebrando el cuadro folclórico que ofrecían The Rolling Stones featuring Juanes. Todo eso imaginé que sucedía a mi alrededor después de retumbar el redoble de bienvenida que Charlie Watts le dedicó al invitado.

-Hijueputa, ya se puede morir tranquilo- soltó alguien a mis espaldas luego de la segunda estrofa.

Beast of Burden, la quinta de la noche, fue una interpretación correcta. Juanes cantó con cierta afectación, esforzándose en los estribillos para prevalecer un poco, pero respondiendo de forma adecuada al dúo propuesto por Jagger. Contó con la aquiescencia de Keith Richards y Ron Wood para llevar la guitarra líder durante algunos segundos, y repitió estrofa a pedido de la voz líder. En las pantallas gigantes se transmitía para recuerdo de todo el estadio la proverbial anomalía de ser Juanes entre esos viejos, los mismos, menos Ron Wood, que casi medio siglo antes invitaron a un set de televisión erigido como circo a John Lennon, Eric Clapton y The Who. Sólo faltaron Brian Jones, el miembro perdido o ahogado en una piscina, y  Bill Wyman, quien renunció a la banda dos décadas después del circo, para despedir, entre abrazos y sonrisas generosas, al único colombiano que ha tocado con los Rolling Stones. Vinieron la oscuridad, la transición de afectos y las notas iniciales enhebradas por las guitarras eléctricas que tardé en reconocer luego de la introducción para ”románticos” anunciada por Jagger en su español lleno de socavones. Sí, no soy un luchador de la calle y no llevo el corazón de Piedra, this heart of stone oh darling; sólo soy un chico beatle colado en el concierto de los Rolling Stones por las obligaciones convicciones que deja creer en la música. En Jumpin’ Jack Flash confundí su riff aquilatado con el de Satisfaction, y transcurrió un minuto o menos antes de darle nombre en mi cabeza a lo que estaba sonando: Wild Horses. Calmosa balada urdida por la voluntad de Wood en los acordes sobresalientes y la pertinencia de Richards a la guitarra rítmica y en sus irrupciones como segunda voz, que creó una bonita desigualdad con la primera, la de Jagger, donde se abrió el contrapunto y se consolidó el sentimiento de la composición. La gente coreaba el verso principal, pero alcanzaría el clamor durante la sección última de Paint It Black, abierta por el tambor entre marcial y tribal de Charlie Watts -ese sonido inserto en el oído colectivo-  y coronada por el tarareo que al quedar detrás de los dientes se convirtió en un zumbido multitudinario. La canción fetiche sin el maravilloso sitar fue una de las primeras apoteosis del concierto.

Ahora vamos como en la sexta u octava apoteosis. El coro de la Javeriana, más terrenal, tantea lo sacro. Mick Jagger, azuleado y con una gorra plana de cuero, se detiene en la pasarela a fin de permitir que la voz profusa continúe cubriéndolo en medio del frío andino de Bogotá. Enfoco a Keith Richards. Fuera de las luminarias y la atención parece cansado. En varios momentos se ha mostrado errático, lento. Sin lugar a dudas, es la piedra más fuerte y envejecida de la banda, y La Parca, aunque no ha podido arrebatarlo de esta parte de la vida, ha rasguñado su rostro con las uñas de los excesos casi letales.  Tú, sal de la Tierra, canta, le dijeron todos cuando quedó el micrófono a su disposición.

Recuerdo que en You Got The Silver empuñó la letra como si cayeran hilillos de Jack Daniel’s y bourbon de sus labios apergaminados. Fue cuando nos trasladamos al Sur Profundo con el fin de escucharlo en una taberna polvorienta. Charlie Watts marcaba con eficacia el tempo desde su sonriente mutismo y Ron Wood deslizaba su mano izquierda sobre los trastes de la guitarra acústica mientras sostenía un cigarrillo en la boca. Sin Mick Jagger a la vista, lo íntimo se apoderó del ambiente. Si You Got The Silver fue rugosa y franca, Before They Make Me Run, la siguiente, fue una sucesión de altibajos en la voz escarpada de Richards. Desafinó (era Keef, no un crooner), entró tarde a los estribillos y le cedió los solos de guitarra a un justísimo Wood. Imperfecta, hasta a un grado tal vez más allá de lo razonable, y percudida. ¿Y Watts? En la penumbra del escenario ha ejecutado con sobriedad su oficio de impávido rítmico. Cuando Mick Jagger, fungiendo de maestro de ceremonia, lo hizo pasar al frente luego de Honky Tonk Woman, apareció desgarbado, portando una sonrisa oblicua y una timidez respetuosa que lo llevó a inclinarse ante el público. En la ronda de presentación, también fueron nombrados Darryl Jones, que confeccionó un bajo trepidante en la deconstrucción que de Miss You hizo toda la banda henchida de espíritu funk,  la misma pieza que instó a Tim Ries a lanzar un soplo de saxofón amplio y bailable; Sasha Allen, el poder negro y femenino cuyo fulgor consistió en encarar a Jagger en el duelo vocal de Gimme Shelter con sus notas altas y la fuerza del volumen, y en lucirse en la pasarela al bailar como él sobre sus largos tacones; Chuck Leavell, que alguna vez fue un Allman Brother y que eso es demasiado para que cualquiera entienda por qué es el dueño de los teclados; y finalmente Bernard Fowler, el compañero de Sasha en la tramoya de voces. Una banda de acompañamiento más grande que muchas Superbandas de estrellas principales, lo suficiente inspirada para amparar el desempeño y enmendar las omisiones de los Stones. Pero errar es humano y acertar como lo hicieron en Midnight Rambler, la once de la noche, ecuador y cumbre del concierto, les permite a los Rollling Stones seguir siendo los Rolling Stones. La intervención de Keith Richards en el micrófono fue apenas el prólogo de la avalancha de blues. Blues eléctrico verdadero, sin sucedáneos y a lo grande: en un jam.

La armónica de Mick Jagger hendió el aire y se quedó allí para flotar al lado de las primeras punzadas que asestaba Ron Wood en el cuerpo vivo de su guitarra. Unos aullidos turbios de medianoche empantanada en Chicago. Jagger, arrimado a Wood para volver un solo nudo ambos instrumentos, giró su cuerpo en dirección a la penumbra. Donde las luces no llegan, Keith Richards se amarró su Telecaster. La armónica lo llamaba. Con parsimonia caminó hacia lo visible. Tomó la púa que lo esperaba al lado de la batería, miró a Jagger, antes había doblado su cuerpo, posición anatómica de Richards, piernas arqueadas, dónde está el gatillo. ¡Kick it up! requirió Jagger.  Dos movimientos de mano derecha bastaron para romper la tensión creada por los murmuraciones del bajo y los susurros de los platillos. El riff característico de Midnight Rambler surgió sucio, Watts golpeó los tambores y la canción tomó forma. Jagger entonces pasó de la armónica a la voz para cantar los primeros versos. Qué sólidos sonaban, eran un bloque orgánico y marmóreo. Richards y Woods se miraban el uno al otro, muy cerca entre sí, como si cada uno tuviera un espejo enfrente. Los riffs hacían una trenza y luego se soltaban mientras Chuck Leavell hacía el trabajo invisible de apuntalar el sonido con su teclado. Emergía la armónica, se iba, reaparecía la voz, cedió su protagonismo a las capacidades de guitar hero encarnado por Ron Wood, la pasarela abierta, el solo medular que tonificó la potencia eléctrica de ese blues. Parsimonioso, Richards mandó acordes como corrientazos, apoyado en los hombros graves de Derryl Jones, que no lo dejaba tropezar por ahí. Charlie Watts aminoró la velocidad luego de las contorsiones de Mick Jagger, representante de Baco… guitarras gritando pasito… bajo por debajo de la tierra… teclado delgado como telaraña… invitación a corear… ooohhh yeaahh… ooouuu yeeee… mamma mamma mamma mammaaaaa… mama mama mama maaaaaa. Las onomatopeyas del arrobamiento y el gozo cundieron en el público embelesado rendido a los pies de piedra de la banda Jagger sabía que lo habían hecho entonces convidó al grito de todos puso un alarido para que fuera calcado por el estadio no importaron los 13 grados de la Bogotá lluviosa el eco se escuchó una y otra vez colombianos huid de la Colombia triste y uníos este grito no es de horror ni hay júbilo inmortal esto es un espectáculo que no reinventará nuestra moral pero vaya espectáculo al menos nos redime por una noche lo que duren la noche y sus efectos qué vamos a hacer con la ruinosa nostalgia que nos dejará este concierto nostalgia de un grito mierda Watts reapareció redoble seguro se levanta de nuevo la canción aún faltaba redondearla concluir el motivo acometieron todos sus instrumentos desde sus posiciones a la voz líder lo bendjo una matrona de Mississippi entonces cantó él el que llamaron rubber soul por copiar a los negros siendo un hijo de clase obrera inglesa aumentaba el volumen de las guitarras ya era rock para acabar hagámoslo con rock hijo ahijado y discípulo del blues Charlie prendió el fuego y lo apagó ráfaga sobre los toms y los platillos. Trueno en el bombo.

La disolución de Midnight Rambler cayó como chispas de yesca sobre la multitud.

A una canción de finalizar el concierto, se presenta imborrable la imagen de Keith Richards tomando, con sus venerables ojos cerrados, el hombro de Mick Jagger antes de aquella eclosión final. La voz coral se dilata para demostrar que You Can’t Always Get What You Want está cerca de terminar, pero si uno hace caso omiso de lo que ocurre, puede recuperar esa imagen de septuagenarios compañeros de vida a punto del abrazo y poner allí a los dos jovencitos que en el interior de un tren pactaron hacer música. Justo en la canción más blues, justo el sello de los discos que bajo el brazo llevaba Mick Jagger y que animaron a Keith Richards a saludarlo en el tren.

Lejos del blues inviolable estuvo Start Me Up, el clásico que con esta muchedumbre atravesada por las emociones demostró su calidad de puñetazo comercial incontestable. Agitó a miles a pesar de que Jagger se quedara corto cuando debía alargar la voz. Y Brown Sugar, de mejor interpretación, con solo de saxo a cargo de Karl Denson, el miembro que faltaba por aparecer. Entre esas dos se levantó Sympathy For The Devil. Más alta en lo afectivo que en lo musical, fue la puesta en escena prolija del concierto. Formas y trazos demoníacos generados por video aparecieron sobre el fondo negro de las pantallas, y arrancaron el inevitable aullido litúrgico de evocación entre el público, que inmediatamente se vistió con la imaginería Stone del bien y el mal. Jagger, enfundado en un abrigo de plumas, se presentó como Lucifer.

-Please to meet you, hope you guess myyyy naaaame.

El saludo rugió en el público hecho coro y legión. Las congas eran reemplazadas por un Charlie Watts no tan inspirado y las estocadas del teclado. Jagger hizo sus devaneos acostumbrados, y a la hora del archiconocido solo, Keith Richards tardó siglos en mi cabeza para hacer sonar la guitarra. Por cada nota extraída a un costado del escenario en los sesenta hacía cinco o más.

Qué más da. Creímos que esos señores de ahí era las Satánicas Majestades, aunque la corte de Satán sea atemporal. Creer, ése es el único razonamiento válido para el oyente apasionado en estos casos. Y para el fanático, la fantasía. Aunque ambos pueden conciliar sus puntos de vista en la metáfora del tránsito del infierno al cielo propuesta por los Rolling Stones en su concierto. Antes de los ángeles, los demonios. Primero el orgullo del poder y la omnipresencia, después la dura lección de que la voluntad no basta. You Can’t Always Get What You Want finaliza ahora, y parece que transcurrió una centuria luego de Sympathy For The Devil, que la precedió. El orden de las canciones no ha sido fortuito. Aquí debería terminar el concierto. Si todo lo vemos como un camino hacia la redención, Satisfaction, la que está por venir, sobra.

 

Breve epílogo

El coro divino siempre fue coro divino en las tardes de mi infancia. Nunca apareció la voz del cantante de rock, nunca hubo redoble de batería. La guitarra eléctrica era demasiado mundana para estar metida en esa grandioso y celestial coro divino. El fragmento que siempre escuché fue ése. Tal vez aquello sirvió como razón para recibir con tanta naturalidad –como una sucesión lógica– el piano gentil y arrepentido de Let It Be, la canción que años después ensancharía mi mundo. Si tan sólo el fragmento hubiera sido más largo y hubiera sonado la voz de Mick Jagger a mis ocho años de edad…

 

 

 

 

 

 

”The Rolling Stones in Bogotá”. Por un chico beatle. (PRIMERA PARTE)

”The Rolling Stones in Bogotá”. Por un chico beatle.

(PRIMERA PARTE)

 

Antes de todo sólo había un coro. Un coro divino, compuesto por personas que intentaban cantar como niños. Las voces llegaban en un idioma incomprensible en la tarde, cuando el televisor permanecía encendido y revelador y el día se volvía tan fácil que uno podía sacar conclusiones definitivas y ponerse a soñar. Imaginaba que las personas se convertían en niños mientras estaban en una iglesia dorada, casi inconmensurable porque las voces unidas tenían que chocar contra un techo muy alto para alcanzar ese poder profundo que a mí me parecía desconocido en su totalidad. Antes de desvanecerse, lo desconocido aterroriza o encanta gracias a la imaginación de quien crea para sí lo que no ha visto. Al dejar de ser desconocido, sólo la magia –esa porción aún racionalmente inexplicable– puede permitir la sorpresa y la renovación de la sorpresa hasta que algo importante en la persona deje de funcionar. Ahora puedo ver el coro divino. Su eco envolvente, que me impresionaba en mi infancia, es menos profundo ahora, tal vez porque las voces no encuentran paredes de oro macizo y una cúpula suprema para recostarse y luego rebotar hacia los oídos. No estoy en una iglesia magnífica, y los adultos convertidos en niños parecen jóvenes universitarios en las pantallas del escenario. Hay tribunas con cientos de puntos luminosos engarzados en su oscuridad; soy uno entre las cámaras activas de los celulares, expectantes y memoriosas. Urgencia de llanto. Una grieta se abre en el olvido y por allí empiezan a filtrarse las tardes de imaginación, Andrés Caicedo, los primeros descubrimientos, las divagaciones de la rubia rubísima,  la cándida ignorancia de crecer en Neiva, la grabadora ronca de cassettes, el dualismo Londres / Liverpool, algo ya desconocido llamado inocencia. Mick Jagger, blandiendo una guitarra acústica y luego de la maravillosa entrada de la trompa, recibe la canción de manos del coro y canta lo que muchos sabemos: que la vio en la boda con una copa de vino al lado de un tipo que aparentaba despreocupación. Lo hace dando saltos de palabra en palabra, no con la hermosa prosodia de la grabación original, la que parece una misa afroamericana que empieza con un coro barroco y termina con un coro góspel bailando en el altar. Está viejo e interminable. Ha cantado en más de dos mil conciertos a lo largo de medio siglo; el primero hace cincuenta y cuatro años en Londres, y el último hoy, esta noche, en el estadio El Campín de Bogotá. Pasar de un club capaz de albergar algunas  almas a decenas de estadios, y tocar una y otra vez, endurece la piel e inmortaliza el cuerpo. Pero no es una fórmula genérica, simplemente porque es extenuante y los organismos son finitos. El secreto de Mick Jagger es él mismo, el baile anárquico y lascivo que patentó a partir de los moldes de James Brown y Little Richard, y claro, su vigor inaudito. Está aquí, literal, contundente y descarado. Por ejemplo, hace unos minutos en Midnight Rambler, la cúspide de este templo, bailó como queríamos. Tiró a un lado la chaqueta de tela brillante y se puso a agitar los brazos como el bailarín de una bacanal en la que todo se ha dislocado. Luego los arqueó, trazó figuras impredecibles en el aire y apuró sus pies en una especie de swing maldito. Contorsionista de su propia cinética.

Ahora se ciñe al sosiego propio de la canción.

Aunque mis lágrimas se muestran indecisas, la emoción crece y me uno a la multitud en el ”you can’t always get what you want”. Sé que continuarán Satisfaction  y la pirotecnia, el cierre típico de todos los conciertos que han ejecutado en la gira latinoamericana, y que debo grabarla en el teléfono celular para enviársela a mi padre, quien me lo pidió luego de que le auguré que Angie no iba a ser interpretada en Bogotá. ¿Y después de todo qué? ¿Qué sigue al final de un concierto? ¿La cotidianidad aturdida? ¿Qué hay después de un concierto de los Rolling Stones? ¿Los huesos de la música?

La memoria, más bien.

Recordar que antes de la música fue la lluvia y su monótona percusión  de granizo.  Alrededor de las 4, el agua se precipitó como no ocurría desde hacía varias tardes. Las personas se resguardaron en las tiendas próximas, y los que esperábamos en las filas de ingreso, arrinconados por las vallas de la policía, no tuvimos otra opción que resignarnos en los sobretodos de plástico que vendían desde dos mil pesos en adelante,  un rango de precios inversamente proporcionales al grado de distancia física del evento. Cuanto más cerca del Campín, más pagas.Muy pronto, el plástico se mostró insuficiente. La lluvia combinaba obstinación y abundancia. Cuando fui consciente que el agua había invadido el interior de los zapatos y los jeans, y que había personas tiritando, pensé en la lluvia mortífera escrita por César Vallejo. Pero los Stones habían viajado de Lima a Bogotá. Y Bogotá, que los recibía por primera vez, se sacudió de los meses de sol fijo en el cielo y se entregó nuevamente al hielo súbito. Así llegaba el granizo. Para ese entonces, ya le dábamos la espalda a la dirección de la lluvia; era la única acción humana que podíamos llevar a cabo. Con resistencia y conversaciones intrascendentes aguantamos el tiempo necesario para que las nubes plomizas se fueran y dieran paso a una llovizna más benévola. La apertura de puertas se retrasó, y mientras de lo lejos provenía el sonido de los truenos residuales, en el piso yacían los cancioneros del concierto hechos unos mazacotes de papel periódico.

– No fue She’s a rainbow. Ganó Dead Flowers -le dije a la amiga que me acompañaba luego de comprobar los resultados de la votación del público en el teléfono celular.

-No la conozco -sentenció.

Aunque había sido sólo un rumor perezoso de redes sociales, me complacía que no fueran a tocar She’s a rainbow, una de las canciones más anti-stones de la época en la que querían sumarse al ánimo de pop barroco y psicodelia. Lo de ellos es el rythm and blues, el blues eléctrico y el rock engrasado con ritmos negros, ojalá con manchas y mirando al delta del Missisippi. Cuando estuvo en escena Diamante Eléctrico, una hora después de haber ingresado al estadio, pensé que una banda colombiana de blues, verdaderamente próxima al espíritu Stones, no habría merecido un recibimiento tan frío. Bueno, Diamante Eléctrico tampoco lo merecía. Con unas cuantas luces alumbrando sus humanidades, sin el favor de las pantallas gigantes, con un tercio del estadio vacío y en el momento en que el público quería secarse y buscar comida o calor, la presentación pasó por simple acto protocolario. Les habían encomendado la misión de tocar sus éxitos comerciales de la forma más rápida posible y salir pronto de la tarima. Los miembros se despidieron con cierta frustración y entregaron sus instrumentos para dar paso, ahí sí, a la verdadera espera. Por falta de perspicacia y cortesía de los organizadores la banda salió fusilada.

– En Los Ángeles, cuando fui a Police, me di cuenta de la importancia de los teloneros -aseguró una señora mientras esperábamos en una nueva fila, la de bebidas calientes.

Coincidimos allí luego de vagar por los puestos de comida en el interior del estadio; tras sucumbir a la demanda excesiva, varias máquinas de café y chocolate quedaron inservibles. Nos dijo que había visto a los Rolling Stones en San Francisco antes de que naciéramos. También que había visto a un muchacho en las afueras del estadio con manifestaciones de hipotermia. La lentitud del servicio (algo así como una taza cada dos minutos) permitió ahondar la conversación fugaz, entonces le enseñé mi camiseta de The Beatles. Recordó que tenía unos 6 años el día en que vio la retransmisión para Colombia del show de Ed Sullivan. La amable señora contrastó con el joven que un par de horas antes fue nuestro compañero de fila y granizo. Mientras intentaba refugiarse en su chaqueta semi-impermeable, sin sobretodo de plástico, reveló que había comprado a una amiga la boleta de oriental alta sin conocer nada más que las canciones de rigor, lo que -me dije yo- se reduce al Paint it Black, que suena en las rocolas más recónditas del país, y Angie, eterna favorita de las emisoras crossover en los domingos o a la hora del insomnio. Su carácter de espectador había sido forjado a lo largo de varios Rock Al Parque. Incluso contó que años antes padeció una lluvia más espectacular en la entrada a un concierto de Caifanes.

-Encontré una en la que se presentan como un circo. Suenan chévere -dijo mientras secaba las gotas desordenadas de sus gafas.

-Ah, sí. El Rock and Roll Circus. Ahí aparece John Lennon -acoté en ese momento.

Había pasado una semana de inmersión en la música de los Stones. Algo así como un cursillo relámpago guiado por la biblioteca de internet. Él suscitaba la pregunta natural por los orígenes de los asistentes al concierto. Creyentes u oyentes accidentales, oportunistas, fundamentalistas, artífices de la pose, filósofos de Sister morphine. El espectro de seguro era amplio, una muestra representativa de Colombia, donde descubrir la esperanza en tantas personas reunidas en un solo lugar es hallarse ante lo extraordinario que rápidamente desaparece. El Campín era una metáfora a medio camino de la comunión. La congruencia de ánimos traía la armonía y le daba a los rostros una apariencia de limpia cordialidad. ¿Qué tan lejos estaba realmente del sentido de comunión entre las personas? No lo sé, supongo que una revolución lo define. Esto sólo era flor de una noche, un alto en la vida corriente de todos. ¿Quién dijo que los sueños de muchos no son compatibles con el mercado fastuoso de la ”banda más grande del mundo”? Aceptemos la ingenuidad de nuestras ilusiones, el crecimiento sostenido de sus cuentas millonarias y juremos que tocamos el cielo.

– Send me dead flowers by the mail, send me dead flowers to my wedding and I won’t forget to put roses on your grave -cantó Keith Richards con indecisión intentando seguir la estela de la voz comando.

Fue la cuarta de la noche. Antes estuvieron  Jumpin’ Jack Flash, que descorrió el telón ayudada por la taquicardia progresiva del video introductorio , It’s Only Rock and Roll (But I Like It) y Tumbling Dice. Con algún grado de inconsistencia en los versos, por segundos poco convincentes, pero sostenidas por el poder de los coros ganadores, que parecían empujar la grandeza que aún resta en el aparato vocal de Jagger.

En la quinta, Mick Jagger dijo ”nuestro parcero” sin dejar caer las erres. Y apareció Juanes.

 

 

You can’t always get what you want…

Irrumpir en el debate implica un compromiso propositivo si se quiere superar el cuestionamiento estéril que desemboca en la amarga ausencia de ideas. ¿Por qué no Diamante Eléctrico? parece ser el nombre del debate que convoca a quienes nos reconocemos interesados en el estado del arte del rock nacional y, por supuesto, a los que pagamos muchos miles de pesos (algunos cientos de dólares)  para ver in situ y en nuestro tiempo a los Rolling Stones

¿Por qué no Diamante Eléctrico? Porque hay varias bandas que gracias a su calidad merecían la honra de abrir el único concierto que los Rolling Stones darán en Colombia. ¿Cuáles? Las que hacen parte del siguiente listado, que elaboré enfocándome en las propiedades rock y su condición ”joven”, y ciñéndome, sólo parcialmente porque representan los factores más cuestionables y ajenos a la música, a los presuntos requisitos impuestos por los mismos Stones para la selección, de acuerdo a lo informado por los medios nacionales: experiencia en el estadio, visibilidad nacional y relevancia mercantil.

 

The Black Cat Bone

Aunque ha sufrido una existencia irregular y hace casi seis años no renueva su repertorio blues-rock y hard-rock, es un nombre grande de la última década en Colombia. Lo suficiente para abrir los conciertos de Aerosmith en 2011 y Deep Purple en 2014. Respeto absoluto para esta banda.

 

Electric Suasquatch

Sorprendente banda originaria de Cali cuyo stoner-rock medio progresivo merece muchísima más atención. Posee el voltaje necesario para electrizar todo un estadio.

 

 

Danicattack

Residentes habituales del circuito de rock capitalino, han pasado de los bares a los grandes escenarios de Rock Al Parque y Estéreo Picnic sin tanto ruido y con más pericia. Lejos del marketing de las grandes marcas están construyendo un trabajo apreciable y sensible.

 

Árbol de Ojos

¿Qué le ha hecho falta a Árbol de Ojos para ocupar de una vez por todas la posición y la visibilidad que le corresponden? Puesta en escena vertiginosa liderada por su voz líder, abrasivos o íntimos cuando lo desean, integrales para el rock en español. Árbol de Ojos, no te mueras antes de tu consagración.

 

 

Planes (Estudios Universales)

La joya subterránea de esta selección. Con reminiscencias de la new wave, el post-punk y el indie genuino, los miembros de Planes demuestran que tienen el oído para convertirse en la banda más original en unos cuantos años.

 

 

Tan Tan Morgan

El único showman imprescindible de la escena nacional. Salido de las entrañas de Mmodcats, extinta banda que merecía mejor vida, sobre tarima es un intérprete dramático que siempre deja alguna imagen indeleble en los espectadores. A propósito de los Stones, digamos que es un cruce entre Jagger y David Bowie, con un bonificación: la oscuridad cavernosa de Nick Cave.

 

 

Carlos Elliot Jr.

El bluesman más relevante en el panorama nacional. El que hace la música más próxima a la quintaesencia de los Stones. Carlos Elliot Jr. ha grabado y tocado en los Estados Unidos. Para mí, el verdadero telonero de los Rolling Stones.

 

Tributo de un sólo acto en un sólo párrafo

Hay una canción con un coro bellísimo llamada Quicksand. La voz, masculina y casi trémula, pide no creer en quien la escucha desde la iluminación del desengaño. Tres líneas al borde de la existencia y sobre la pomposidad de una orquesta de cuerdas. Varios años después de su irrupción en mi modesta vida de melómano, Quicksand, joya del pop, reapareció justo varios días después de la muerte de David Bowie, su autor. A veces, los pliegues de la memoria cubren demasiado la emoción original –ese pequeño momento sagrado–, y sólo una ración opaca de lo vivido adquiere valor durante el escabroso ejercicio de la evocación. No recordaba que Bowie hubiera sido justo al dejar caer metáforas con Himmler y Churchill, imperfecto como crooner íntimo, proclive a la automutilación. Él era la única persona viva que me obligaba a imaginar una canción para cuando la radio anunciara su inesperada muerte. El piano y la voz en la introducción de Life on Mars? parecían suficientes y, lo que es más importante, necesarios por su cadencia nostálgica. Pero llegó el momento, David Bowie murió y había tantos posibles epitafios como rostros y estilos musicales asumidos a lo largo de su vida. ¿Qué si como canción última estuviera una de sus primeros álbumes? Exactamente la que confiesa la intrascendencia y la fragilidad con el nombre propio del Yo. David Bowie jugó a engañarnos, y en Quicksand, como si fuera al mismo tiempo un manual existencial y un largo desagravio dirigido a sus oyentes, anunció todo lo que vendría. Donde muchos vieron creatividad, algunos inconformismo, y unos pocos show y mercadotecnia, Bowie sólo parece haber visto afán vital, el mismo que acerca de forma inevitable a la muerte. Al menos eso es lo que parece en esta canción, que pudo haber cantado mientras se encontraba en las arenas movedizas definitivas, las de la agonía.

 

La experiencia mística (Lo mejor del 2015)

Hacía parte de la escena. No, era la escena, su totalidad, la calidez que exhalaban los árboles del trópico que siempre conocí, los colores repujados de la naturaleza con sus matices sorprendentes, el vuelo de la guacamaya y la torcaza, el solar abundante sobre el cual sobrevolaba y que, días después de análisis memorioso, resultó siendo el que mis abuelos maternos sembraron durante medio siglo, el azúcar en el aire, la redondez imperfecta de la guayaba, cada parcela del viento y cada partícula de todo. Este fundirme con el pedacito de universo no sufrió las imposiciones que deja la desintegración de un cuerpo definido y que pasan por el dolor de ser fragmentado y sentirse confundido ante la magnitud abrumadora de lo que conserva su Unidad. Fue un devenir en un abrir y cerrar de ojos, la Historia instantánea de las metamorfosis condensada en mí y camino a una sola transformación, armónica, bienhechora. Algunos encontrarán artificio en la descripción de la escena como una pintura puntillista, pero tuvo sentido encarnarme en esa realidad porque cada partícula de todo fue representada por un punto intenso y vibrante. Así fue, así lo viví y así puedo contarlo: fui el cuadro de un Seurat cósmico que dispuso nudos de color, unos junto a otros, con el objetivo de conformar el gran hormigueo de lo que está vivo.

Antes, atravesé el cielo de un pueblo a orillas del Magdalena, donde el mestizaje era la proclama de la unión de las entidades. El pueblo era feliz y ardía.

Y antes del pueblo, vi la espalda ceñida por el cuero de un motociclista echado boca abajo, entre la ceniza de la pipa. La espalda era un cráneo que provocaba una risa incontrolable en quien lo mirara, aunque yo fuera el único que podía hacerlo.

Y antes del motociclista, sentí cómo me escurría por la succión de la espiral, un fenómeno inesperado que significaba el atajo hacia las redefiniciones de la realidad. La piel del rostro se estiraba, y yo percibía la mueca del humano que se resiste a lo desconocido.

Y antes de la espiral, sobrevino la bocanada de calor en el centro de mi habitación. En ese entonces todo permanecía en su lugar.

Era posible el mutismo luego de ser parte del universo. Por fortuna, el descenso espiritual fue progresivo, sin la turbulencia de haber perdido todo y tener que volver a soportar un consenso de realidad. Me sentía exultante y profundamente humano. Creía que a través del abrazo podría conocer a cualquier persona. En medio de la oscuridad de la noche naciente, salí a andar por la casa llevando la certeza de que era el niño que desconocía cada objeto y que tenía la tarea de darles un nombre por primera vez. La sorpresa que da paso al nombrar es demasiado hermosa, y está por encima de los esquemas de análisis y reducción. Así descubrí las cosas que eran iluminadas por las virutas de luz procedentes de las pocas fuentes eléctricas encendidas en los tres pisos de la casa. Una máquina de coser, una pelota de plástico, un cuadro de baldosa, el borde de un escalón, la madera, lo tangible.

El brillo inaudito de un segmento de bicicleta me conmovió. Durante algunos minutos lo reconocí como un rostro más humano que la piedad. Quise llorar ¡¿Cómo era posible que las cosas vivieran y que no nos diéramos cuenta?! ¡¿Por qué había pasado desapercibida tanta pequeñez?!

Me refuté desde la sencillez del sabio.

Al final, después de varias horas mensurables, quedé plantado en la silla como una estatua de granito inservible. Soy psiquiatra en entrenamiento, y estoy seguro de que a lo largo de esa noche, lo que restaba de noche, padecí una espantosa depresión.

 

 

La canción (Lo mejor del 2015)

Sufjan

Mientras Brooklyn se levanta a sus espaldas, el hombre decide perder la mirada en cualquier forma del blanco que la nieve deposita sobre la tierra. Una cámara quiere dar testimonio, y para ello debe alcanzar la profundidad dentro de la cual la niebla perdona las siluetas de los rascacielos. Obtura. Una, dos, cuatro, quién sabe. Hay una foto, y después de apreciar la velocidad de los copos de nieve, las ondas que asume la madera para irradiarse en el agua helada, la presencia marmórea del hombre y todo ese blanco subrepticio, después de la foto, es fácil imaginarse a este hombre llamado Sufjan Stevens con la misma mirada y encima de la canción. Ensimismado, dulce y maltrecho. Cuando el dolor sobrepasa lo máximo, aparece la incorporeidad que Sufjan tomó y, junto a los tres dones anteriores, convocó durante la creación de Carrie and Lowell. ”Aunque sea una historia personal, al mismo tiempo es extremadamente universal, con lo cual no me puedo situar en una posición demasiado individualista, cayendo en el solipsismo” dijo a una revista española* para explicar su determinación de grabar un álbum entero con los penosos relatos en los que su madre Carrie es la protagonista. Esta canción, la mejor de mi 2015, fluye delicadamente al lado de otras que hablan de orfandad, botellas de alcohol, desapariciones en la calle, clorpromazina, vacaciones violentas e infancia descolorida, sólo para mencionar una muestra.

Debería haberlo sabido

Nada puede ser cambiado

El pasado todavía es pasado

El puente a ningún lado.

Una carta debería haber escrito

Explicando lo sentido

Ese sentimiento vacío.

 

Carrie, entonces, es el origen y el destino de unas composiciones que transforman los reproches en ternura, como aquí, en Should Have Known Better, donde Sufjan cuenta que una vez fue abandonado por ella en la tienda de videos con tan sólo tres años de edad. El perdón es tácito, la petición de hijo es un grito susurrado. La voz doblada, la guitarra cristalina, los coros azules y envolventes, y esa melodía que a mitad de canción resplandece porque los teclados anuncian un sol hermosísimo y Sufjan va levantando un crescendo emocional, tan arrasador que termina en la misma VERDAD.

No des vuelta atrás, ya no queda más.

Redimirse antes de abrazar la esperanza, a la que Sufjan otorga forma y persona: la hija de su hermano, la nieta que Carrie nunca podrá conocer, pero quien representa el renacimiento de la mujer en una familia atormentada.

My brother had a daughter

The beauty that she brings, ilumination.

En mi caso, no hay herencia trágica y, a diferencia de Sufjan Stevens, mi madre me enseñó a amar. Pero como oyente puedo jugar con las posibilidades de la obra, adentrarme en los caminos y tomar la decisión creativa inspirada por el arte. Entonces, quiero darle un nombre propio a esos dos versos: Mara Naiala.

El producto de tienda (Lo mejor del 2015)

El post que llevaba por título ”El artista raro (Lo mejor del 2015)” mutó con decisión mientras comía una dona de chocolate de Ramo. Sin espectacularidad, reapareció una de las certezas que desde hace meses le da sentido a mi realidad: la dona de chocolate de Ramo fabricada en Barcelona es el nuevo tesoro de las tiendas de barrio bogotanas. Como opita centrípeto he disfrutado de los beneficios intelectuales y estéticos del centralismo reinante, entre los que se incluyen la membresía de segunda categoría de la Biblioteca Luis Ángel Arango, los conciertos de bandas de importancia (enésima forma de neocolonialismo cultural que instiga mi consciencia muy de vez en cuando), la angustia y el fervor de la única metrópoli colombiana, la Salvia divinorum, etcétera. La donadechocolatedeRamo diversifica estos privilegios y trae consigo una condición de lo concreto y lo cotidiano que poco a poco van forjando una tradición del placer. En Neiva la busqué sin éxito alguno, y en medio de la modorra opaca de la tarde, imaginé que la cubierta de chocolate de miles de ellas se derretía y formaba un poso en el que se ahogaban todos los pendejos que entraban a las tiendas preguntando por Chocoramo.   Desde Medellín, Sofía me ha escrito que  los barrios que frecuenta suplen la existencia de semejante manjar con lugares comunes dulces y muy dulces. Así como me apiado de quien no ha leído a Dostoievsky, quiero abrazar a los que no han probado nunca la donadechocolatedeRamo para susurrarles, cual secreto angustiante, que los dioses están entre nosotros y que no hay que levantar la mirada hacia el cielo impenetrable.

¿En qué se basan sus virtudes? ¿Cómo es posible que de la nada una empresa que parecía repetirse sobre la comodidad traída por el prestigio de unos cuantos productos de pastelería en serie maquinara un ardid oral tan efectivo? En esencia, la donadechocolatedeRamo siempre es mullida. Pasarán días perecederos, pero mientras el plástico de la fábrica la envuelva, al ingresar en la boca se regocijarán la lengua, las terminaciones sensitivas de la máquina deglutoria, los carrillos, la O del tiempo masticado. Un porción de mansedumbre. Un alivio. Y la cubierta de chocolate es toda una sutileza que no embota el gusto, a diferencia de las donuts de sabor dictatorial que se aferran a la exageración para invadir el cerebro. Sin saber lo más mínimo de la industria de alimentos, le endilgo innumerables preservativos y conservantes, pero en su nombre erijo un altar químico con el fin de rendirme a la toxicidad de la momificación de la delicia.

El libro (Lo mejor del 2015)

Fue uno viejo y trascendental. De aquellos que son delgados, que se pueden trasladar en el bolsillo del blazer o el gabán sin temor a los manos resbaladizas de los ladrones en las calles apretujadas y los buses sofocantes de Bogotá, porque, ¿quién ha robado los libros maravillosos de nuestros bolsillos? Surcando la acumulación de los descubrimientos ocurridos este año, pasando sobre Faulkner, James Salter, Thomas Pynchon, Pablo Montoya, Karl Ove, John Gray, justo en las postrimerías del 2015, clausura y glosa, apareció El Mundo del Silencio. Un teólogo suizo llamado Max Picard lo escribió a mediados del siglo XX, tiempo precioso para conjurar el ruido de dos guerras mundiales encabalgadas a manera de dos gritos que por la disonancia fueron ecos de la misma angustia. ¿Hablar sobre el silencio no es más que una paradoja del lenguaje?  Lo que realmente hizo Picard fue embalsamar el silencio. Concreto, evidente, legible y alarmante, el silencio puede ser estudiado a través de un método más o menos humano. El proyecto de Picard, condenado a la inefabilidad, partió al considerar el silencio como un absoluto incuestionable: el silencio está siempre, acechando a la palabra y a su propia negación; del silencio nace la palabra, por tal motivo ella lo transporta en el sonido que le da forma; el silencio es atajo al nacimiento del ser, su lenguaje (contingencia, al fin y al cabo), y lección de eternidad. El talento de Picard, inmerso en un naturalismo etéreo, consistió en PODER comunicar todo lo anterior mientras escapaba del análisis simplificador y puramente lírico. Al excavar tan adentro, al llevar a cabo la arqueología del pensamiento y las sensaciones, este libro es siempre actual. Nos urge silencio, lo requerimos para remediar la palabra, herida ahora por la pulsión de hablar y hablar, venida a menos, cosificada como objeto de intercambio y ridiculizada por signos atroces que pretenden suplantar la inexactitud de las emociones humanas.

La propuesta de Picard es un acto de benevolencia: replegarnos para volver a hablar.

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