La foto (Lo mejor del 2015)

En la galería de imágenes de Google, Devin Allen es un joven de cabello tan denso como un oscuro matorral que se resiste a ser atravesado. Barba predominante en el mentón y jeans de urbanita. Posa con la invencible afectación del novato subido en el ascenso del prestigio, y en contadas veces mira la cámara. Al ingresar en su perfil de Instagram (bydvnlln), hay que deslizar la barra de desplazamiento contra el piso invisible de la ventana, varias veces, hasta que se haga más y más pequeña y aparezca la foto número nosécuánto luego de pasar por decenas de retratos, paisajes mínimos, historias de smartphones y minireportajes sensibles a blanco y negro. Un joven de la raza de Devin Allen, negro, huye de un grupo de policías antidisturbios. Ese joven puede ser la raza entera porque apenas se intuyen los rasgos individuales de su rostro desenfocado y embozado por una tela cotidiana, mientras que los policías se definen con mayor claridad, en peligrosa cercanía y marchando con la convicción de ser un ejército aplastante. Una entre miles de imágenes anodinas alojadas en esta red social. Esta foto se convirtió en la portada más emblemática de Time durante el 2015, y Devin Allen, fotógrafo ”principiante”, saltó a la tarima de la visibilidad y el reconocimiento, logrando así reforzar las demandas empuñadas por la comunidad afroamericana durante las protestas que ocurrieron en varios lugares de los Estados Unidos.

En un mundo que privilegia la falsa ilusión de ubicuidad y el desarrollo de la complacencia inmediata, la foto del año tiene que ser una denuncia.

 

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La película (Lo mejor del 2015)

Tres horas y algunos minutos más. Una epopeya de la vida común que no utiliza la grandilocuencia de los grandes relatos de los héroes y los vencidos. Aquí todos tienen mucho de ambos porque Sueño de Invierno incide en la llaga de la ambivalencia humana –tan natural como una puesta de sol y una mentira familiar– para observarla con detenimiento, abrirla sin escrúpulos moralizantes, y profundizar en ella hasta avistar el corazón del horror. Nuri Bilge Ceylan, el director, y su esposa, Ebru Ceylan, convocan las potencias psicológicas de Chéjov, Shakespeare y Dostoievski en la escritura de un guión que se escucha en boca de los personajes como si fuera una novela en carne viva, granítica y universal. Literatura que lanza a la cara la condición irremediable de las realidades compartidas con los otros, esa construcción interpersonal de lo vivido y lo que somos. Ese patio amplio y luminoso de la vida interna.

Moraleja: la vastedad comunicada por las tomas de los parajes de Anatolia y los ojos ensoñadores de Meliza Sözen, quien personifica a la esposa de un mezquino.

 

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El verso (Lo mejor del 2015)

Que lo haya leído una noche en Friday’s representa la singularidad del milagro. Asilo normativo de asalariados que fueron a intercambiar regalos clasificados como secreto de oficina, estímulo ambiental para grupos de parejas en busca de sexo septembrino, barra que unió para siempre al hermano mayor con el hermano menor porque éste fue iniciado en la bebida. El lugar fue cualquier cosa que podía suceder en el mes del Amor y la Amistad, y fue, también,  la conclusión del plan de escapismo anual consistente en engañar a mi cumpleaños sumergiéndome en la soledad más honesta. Aquí, entre tintineos de vasos de gaseosa y risas monoaurales y corporativizadas, apareció la llave de cierre de las estrofas:

toda ciencia trascendiendo.

San Juan de la Cruz, hecho todos los estados de la materia en un libro de bolsillo, se alzó con prepotencia divina sobre el pedazo de carne glaseado con salsa Jack Daniel’s. Eran más de las ocho cuando leí por duodécima vez el poema, en el que con una precisión de especialista en el cosmos admitió la futilidad de la razón humana para pensar la esencia absoluta. El vértigo me alejó de la mesa que ocupé en Friday’s, y por medio de un ramalazo cognitivo y sensorial me permitió abstraer una porción de lo inmediato. Las burbujas de la Coca cola dejaron de serlo y el sabor del puré de papá remojado en salsa significó un acto crucial para reconstruir el mundo. Las personas, allá, indefensas, demasiado tranquilas para sospechar semejante incertidumbre .

Cuando llegué a mi casa no tardé en dormir. Recibí el sueño como una bendición.

Tres poemas en español (y con género musical)

GÓNGORA

Hidrogenesse pertenece a la clase de dúos que se atreven a cantar versos del inconquistable Luis de Góngora y Argote sin los instrumentos del siglo XVII. Años antes de la investigación que emprendieron para componer un álbum entero a favor de Alan Turing –genio suicidado por la sociedad inglesa de la Guerra Fría— y de convertirse en acreditados productores musicales e invitados a galerías de arte, Carlos y Genís decidieron abrazar un par octavas de la Fábula de Polifemo y Galatea en su primer disco de pop construido sobre sintetizadores. ‘’Traslúcida y bailable’’, así puede encabezarse la descripción de esta pieza que fluye eludiendo los rompientes de la entonación barroca, tortuosa y severa en Góngora, hasta descansar en el suave contrapunto que brinda Rosa de los Vientos (de la banda Chico y Chica), testigo vocal del encuentro amoroso de Acis y Galatea en apenas dos estrofas del poema épico que se alternan durante la canción: la pasión madura a punto de reventar (LXII) y la efervescente aparición de Acis (XXIV).

Uno, dos, hasta tres endecasílabos gongorinos que en virtud de la melodía dance quedan grabados en la lengua cotidiana, la que tararea por ahí.

PEQUEÑO VALS VIENÉS

Leonard Cohen fue el primero en honrar el poema de García Lorca al trasvasarlo con música y apuntes propios en 1986. Una década después, Enrique Morente se puso al lado de Cohen –en persona y frente a frente– para sumarlo como inspiración a ese crisol inaudito que significó el álbum ‘’Omega’’. Allí, apoyado por el rock de coloración shoegaze de  Lagartija Nick y por incuestionables representantes del flamenco, revitalizó varias composiciones de Lorca y un trío firmado por el mismo Cohen (”First we take Manhattan”, ”Priests” y, cómo no, la sacrosanta ”Hallelujah”); el Pequeño Vals Vienés destacó porque fue el gesto de retorno a casa de estos versos mediante el cante jondo y el duende que con tanta hermosura describió el poeta fusilado. En resumen, un bucle recurrente que unía definitivamente a los tres hombres. Todo parecía dicho, cantado y grabado en estudio hasta cuando arribó Silvia Pérez Cruz. Creo que el Pequeño Vals Vienés en voz de Silvia es su realización musical máxima. Empieza en tierra y termina en partículas que transitan por el aire. Al escucharla pueden sentirse los ascensos de ella y la guitarra experimental de Refree, su escudero y arreglista en el recipiente que contiene esta pieza que escapa de sus bordes: el álbum ‘’granada’’, sin G mayúscula porque quisieron que fuera arma y fruta.

LE DI A LA CAZA ALCANCE

Hay un alma que se abalanza sobre Dios. Pero pierde vuelo, el principio de la idea de Totalidad apenas es la cumbre más alta que puede alcanzar. Levanta, atrapa altura y, sin poder conocer, abarca su Total, aquel sustituto lógico de Dios. Hay un alma que por fin está más allá de su posibilidad y San Juan de la Cruz la ha alcanzado porque lo ha contado. Cabe todo esto en los márgenes finitos de Otras coplas a lo divino, una glosa escrita por el santo español que en un esfuerzo sobrehumano pasa una y otra vez sobre el verso que le di a la caza alcance. Cabe la magnitud de Estrella Morente, quien se ciñe a la exigencia espiritual de la composición mediante el drama representado por su canto, y la música a cargo de Michael Wyman, un poder derivado de su obra sinfónica ‘’Memorial Requiem’’ capaz de arropar la interpretación vocal. Una puesta en escena soberbia, de justa grandeza, que si bien no vuela tan alto como la voz conmocionada de San Juan de la Cruz, la persigue.